2014/11/02. LECTIO, Fieles Difuntos

Libro de Job. 19,1.23-27a.

Lectio: composición gráfica utilizando los motivos principales de la vidriera de la parroquia de la Natividad de Nuestra Señora en Moratalaz, Madrid Respondió Job: ¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca! «Yo sé que está vivo mi Vengador y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán». ¡Desfallezco de ansias en mi pecho!

Carta del apóstol San Pablo a los Romanos. 14,7-9.10b-12.

Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos. Todos compareceremos ante el tribunal de Dios, porque está escrito: «Por mi vida, dice el Señor, ante mí se doblará toda rodilla, a mí me alabará toda lengua». Por eso, cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo.

Lectura del santo Evangelio según San Juan. 14,1-6.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: –No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y a donde yo voy, ya sabéis el camino.

Tomás le dice: –Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: –Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.

INTODUCCIÓN

En este domingo interrumpimos el ciclo del tiempo ordinario para volver la mirada hacia los difuntos. Ayer eran los santos quienes ocupaban nuestra atención. Hoy es la Iglesia en otra de sus dimensiones la que centra la liturgia del día. Ya en el Antiguo Testamento se incitaba a pedir por los difuntos: «Es una idea piadosa y santa rezar por los muertos» (cf. 2Mac 12, 45). Y los cristianos que esperamos la resurrección final también pedimos a Dios por los que han muerto para que les absuelva de sus culpas y los agregue al número de los salvados.

Para las lecturas se permite tomar cualquiera del Ritual de Exequias. proponemos: Job 19,1.23-27a; salmo 22; Romanos 14, 7-9. 10c-12; Juan 14, 1-6.

Al evocar la muerte sin estar vinculada a un funeral concreto, como ocurre habitualmente, y más aún siendo domingo, el eje vertebrador de la celebración debe ser la perspectiva pascual, esto es, el triunfo de Cristo sobre la muerte.

En muchos lugares recuerdan, además, a todos los que han muerto en la parroquia a lo largo del año.

EL MISTERIO DE LA MUERTE

La muerte es un gran misterio. Todas las culturas de todos los tiempos se han preguntado por su sentido. También el pueblo de Israel tenía sus interrogantes sobre la muerte. Y en la primera lectura encontramos la respuesta que Job dio a esta gran cuestión: «Está vivo mi redentor». Con la muerte no acaba nuestra existencia, sólo nuestra vida terrenal. La fe en Dios y la esperanza de que «se alzará sobre el polvo» debe ser nuestro principal sustento. Una vez que sea destruido el cuerpo material «veré a Dios». De tal manera que podemos hacer nuestras las palabras del salmo: «El Señor es mi pastor, nada me falta», «me conduce hacia fuentes tranquilas», «habitaré en la casa del Señor, por años sin término».

CRISTO HA VENCIDO A LA MUERTE

Los cristianos damos un paso adelante sobre la fe del Antiguo Testamento porque la vida de los hombres ha sido transformada por la resurrección de Cristo. Que Jesús ha muerto y ha resucitado está en el centro de nuestra fe. Y que nos haya hecho partícipes de su victoria sobre la muerte es una pieza clave. Las lecturas de difuntos, de un modo u otro, recogen esta idea: «al confesar la resurrección de Jesucristo, tu Hijo, se afiance también nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán» (oración colecta 1); «pues creyeron en la resurrección futura, merezcan alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza» (oración colecta 2).

EL CAMINO PARA LA RESURRECCIÓN: CREER EN JESÚS

Para recibir el premio prometido sólo se nos pide la fe: «creed en Dios y creed también en mí» (evangelio). Creer en Jesús es fundamental ya que se nos presenta como el único medio para alcanzar la vida eterna: «cite>Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí». Jesús mismo nos ha prometido que ha ido por delante para prepararnos sitio, así nos lo dice en el evangelio: «En la casa de mi Padre hay muchas estancias… Voy a prepararos sitio».

Esta fe no es algo etéreo, que se queda en el aire y no se pueda demostrar. La fe se manifiesta en un modo concreto de vivir: el estilo de vida que nos marcó Jesús en el evangelio. La vida terrenal y la vida celestial están estrechamente unidas. En palabras del apóstol «vivimos para Dios y morimos para Dios». Participar o no de la resurrección de Jesucristo está sujeto a nuestra existencia terrenal. «Cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo» (segunda lectura). Por eso las oraciones de la misa piden insistentemente a Dios que borre los pecados que los difuntos cometieron por fragilidad humana y los admita en la asamblea de los santos y elegidos.

Job 19,1.23-27. Yo sé que está vivo mi Redentor

Ante la realidad del sufrimiento y de la muerte, todas las teorías, incluso las más piadosas y mejor construidas teológicamente, son incapaces de consolar o de dar una respuesta satisfactoria. El sufrimiento y la muerte traen una dimensión de absurdo que, a menudo, no se puede explicar a causa de la conducta de los que la sufren: es lo que Job recrimina a sus amigos que, queriendo salvar la imagen de Dios le dan la culpa de los males que le han venido. Job se enfrenta a los teólogos de su tiempo y al mismo Dios, al que llega a concebir como un monstruo incapaz de compadecerse de su sufrimiento. Mas la lucha de fe de Job encontrará una salida, que será el abandono a la confianza.

La fe, pese a no tener una respuesta, muestra un camino a través del cual se puede vivir la muerte y el sufrimiento de una manera que, aun sin menguar el dolor, no destruya a la persona que lo vive. Es abandonarse a Dios, pase lo que pase. Sin saber muy bien por qué, Job confía en que “cite>está vivo mi Redentor”, que le hará justicia considerándole inocente y que un día “ya sin carne, veré a Dios”. Es lo que sucederá en el relato de Job en 42,5: “Te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos”. Job tiene una experiencia de Dios que le hace ver su grandeza, a partir de la contemplación de su creación, y se retracta de haber concebido una caricatura que no corresponde a su inmensidad.

Romanos 14, 7-9.10c-12. En la vida y en la muerte somos del Señor

Pablo dice esta bella frase en el contexto de una llamada a la unidad de la comunidad cristiana: no hay que despreciar a los que son más escrupulosos con las costumbres judías, ni los más observantes tienen por qué meterse con las actitudes de los que no tienen necesidad de cumplirlas; lo importante es que todos son de un mismo Señor. El tema de “ser del Señor” es después ampliado con la descripción de esta comunión profunda del cristiano con Jesús, que es quien da consistencia y sentido tanto al vivir como al morir.

Resuena aún aquí lo que Pablo ha dicho en el capítulo 8, 35-38: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado”.

Todos compareceremos ante el tribunal de Dios, y allí habrá que dar cuenta de la propia vida. Al cristiano Dios lo ha liberado de muchas costumbres religiosas que en el fondo eran poco importantes a los ojos de Dios, pero la libertad le ha sido dada no para hacer su propia voluntad, sino para poder amar más. Libertad y responsabilidad se unen bajo el impulso del Espíritu Santo.

Juan 14,1-6: En la casa de mi Padre hay muchas estancias

Jesús tranquiliza a sus discípulos en el discurso de despedida, después de la Última Cena, ante la inminencia de su vuelta al Padre: es necesario tener confianza en la bondad y en el poder de Dios, más fuertes que la muerte, y en él como a su revelador más completo. Jesús ve la muerte no como una destrucción, sino como un retorno al hogar paterno, que es también su casa. La entrada en esta comunión con Dios-Padre no está reservada sólo para él, sino también para los discípulos.“Cuando vaya y os prepare sitio”. La vida, pues, no es una autopista que acaba en el vacío, sino que tiene un camino que conduce a la plenitud: después de haber vivido tanto con Jesús los discípulos deberían saber que él es el camino que conduce al Padre.

Tomás, sin embargo, no comprende las palabras de Jesús: en el evangelio de Juan este discípulo reconoce a Jesús como Mesías, hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida por él (Jn 11,16), pero le cuesta comprender la dimensión divina, duda de verlo resucitado (Jn 20,25). En este momento Jesús manifiesta claramente que él es “el camino, la verdad y la vida”. Que es “camino” supone que hay una meta en la vida; y la “verdad”, un contenido, que no es una teoría, sino “la vida” (Jn 1,4). Jesús es “la vida” porque es el único que posee el secreto del sentido de la existencia, sin él no habría esperanza posible, sólo él tiene “palabras de vida eterna” (Jn 6,68); todo aquel que ama desinteresadamente, lo sepa o no, sigue el camino de Jesús que lleva a la vida plena y a la casa del Padre.

Preguntas para la reflexión:
  1. En la vida y en la muerte, somos del Señor”:
    Es así como te planteas la vida y la muerte. ¿Qué esperanza te aportan estos textos?
  2. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo”:
    ¿Asumo la limitación y caducidad de la vida terrena?
    ¿Creo de verdad en la vida junto a Dios?
  3. ¿Cómo te implica esta celebración y los textos a vivir la vida de una forma concreta?

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