2014/11/09. LECTIO, Nuestra Señora de la Almudena

Lectura del profeta Zacarías. 2,14-17.

Lectio: composición gráfica utilizando los motivos principales de la vidriera de la parroquia de la Natividad de Nuestra Señora en Moratalaz, Madrid ¡Alégrate y goza, hija de Sión!, que yo vengo a habitar dentro de ti -oráculo del Señor-. Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío. Habitaré en medio de ti, y comprenderás que el Señor de los ejércitos me ha enviado a ti. El Señor tomará posesión de Judá sobre la tierra santa y elegirá de nuevo a Jerusalén. ¡Calle toda carne ante el Señor cuando se levanta de su santa morada!

Salmo responsorial

R./ Tú eres el orgullo de nuestra raza.

El Señor te ha bendecido, hija nuestra,
más que a todas las mujeres de la tierra.
Bendito el Señor, creador de cielo y tierra. R./

El Señor ha glorificado hoy tu nombre:
por eso, los que en adelante guarden memoria
de esta obra poderosa de Dios,
conservarán tu esperanza en el corazón. R./

Lectura del libro del Apocalipsis. 21,1-5a.

Escuché una voz potente que decía desde el trono: -Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Ahora hago el universo nuevo».

Lectura del santo Evangelio según San Juan. 19,25,27.

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su madre, y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: –Mujer, ahí tienes a tu hijo.

Luego dijo al discípulo: –Ahí tienes a tu madre.

Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Fiesta de la Almudena: Su imagen fue descubierta milagrosamente en la cuesta de la Vega en 1085, había sido ocultada ante el avance de los musulmanes y Alfonso VI prometió buscarla cuando conquistara Toledo. Almudena viene de Almudaina, que significa ciudadela, fortificación.

El Papa Pablo VI la declaró oficialmente patrona de Madrid en 1977.
Fueron grandes devotos de esta imagen de la virgen S. Isidro Labrador, su esposa Santa María de la Cabeza y San Ildefonso de Toledo.

Zacarías 2,14-17:

Llamada a los exiliados. Se interrumpe el ritmo de las visiones para insertar este himno de gozo y alegría que celebra la liberación de Jerusalén. Al castigo de las naciones que oprimieron al pueblo de Dios sucede el júbilo de la liberación de los oprimidos. El movimiento lo pone en marcha la predilección de Dios por su pueblo. El destierro había sido castigo medicinal; por eso, el mismo Dios que los dispersó estimula ahora, la huida y el castigo de los opresores.

El motivo de la alegría de Sión será la presencia salvadora del Señor en medio de ella.

El pueblo será numeroso, porque no sólo volverán los desterrados, sino que muchas naciones se harán también pueblo de Dios.

La perspectiva universalista, el mensaje consolador y el tono de alegría recuerdan los oráculos del Segundo Isaías (Is 40-55)

Apocalipsis. 21,3–5ª

La aparición de la ciudad santa, la nueva Jerusalén, se presenta como la culminación del libro, es la aspiración de toda la aventura humana, de la historia de salvación.

La aparición de la nueva Jerusalén viene de junto a Dios, su origen es divino y por ello instaura un nuevo orden de cosas y exige que todo lo viejo sea transformado. Juan declara que lo antiguo ha envejecido y ya no sirve (Is 65,17;66,22). El mar, símbolo de potencias hostiles, desaparecerá. Lo que era lugar de la conducta pecadora del hombre, el cielo y la tierra, deben ser cambiados; se van a representar unas bodas entre Cristo y la Iglesia. Las relaciones humanas serán nuevas. Y Dios mismo, empezará a secar las lágrimas de dolor, y no habrá más muerte, ni trabajo que oprima, porque eso pertenece al orden antiguo. La palabra de las profecías (Is 25,8;35,10;65,19; Ap 7,16) se cumplen.

La presencia de la nueva Jerusalén, regalo gratuito de Dios, colma las aspiraciones de las mejores páginas de la Biblia, se realiza la unión, ya para siempre, de Dios con la humanidad transformada. Se cumple lo que ansiaba la humanidad, y que de tantas formas ha expresado la Biblia: la marcha del Éxodo; los anhelos de los profetas y de los reyes del pueblo. Se materializa la aspiración del mismo Dios por plantar, de una vez por todas, una tienda permanente (Ez 48,35; Zac 14,16): la morada de Dios con la humanidad, la presencia estable de Dios entre los hombres, Dios con nosotros (Zac 8,8), la revelación de Dios como Padre y del pueblo como hijo (2Sam 7,14; Heb 1,5; Rom 8,15.29), Dios, padre de todos. Se realiza así por fin el ideal de la alianza.

Dios, con su poder creador, hace nuevas estas realidades, hace un nuevo génesis

Juan 19,25-27:

En este pasaje, se nos invita a contemplar la muerte del Señor en la cruz con la misma mirada de fe que el evangelista nos propone. Y descubrir que esta es la hora de la victoria de Jesús, la hora de su glorificación, la hora en la que culmina la misión que el Padre le había encomendado.

El evangelio de Juan nos sitúa junto a la cruz de Jesús, en el mismo lugar donde estaban su madre y el discípulo amado. Desde allí, el evangelista nos invita a mirar al Traspasado con los ojos de la fe. Esa mirada creyente nos ayudará a comprender que sus heridas nos han curado; que, más allá de las apariencias, el Crucificado es el Glorificado; que su muerte no es la demostración de su fracaso, sino el signo de su victoria; que su corazón abierto es la señal más grande se su amor por nosotros.

La madre de Jesús está junto a su hijo que sufre. Al verse en trance de muerte, Jesús, hijo único de María, se preocupa por el futuro incierto de su madre viuda, y la encomienda a los cuidados de su mejor amigo, que la acoge desde aquel momento en su propia casa. Hasta aquí llega lo que podemos ver con los ojos del cuerpo. Pero el evangelista nos invita a abrir los ojos de la fe y seguir las pistas que nos ha ido dejando en forma de expresiones simbólicas.

La presencia de María, su reaparición, nos recuerda la última vez en la que la vimos actuar con ocasión de las bodas de Caná (Jn 2,1-12). Entonces, Jesús, se resistió a actuar porque todavía no había llegado su hora. Fue su madre la que le pidió mostrar su gloria antes de tiempo. Al pie de la cruz esa hora ha llegado y María está de nuevo junto a ÉL. En Caná, Jesús transformó el agua en vino por insinuación de su madre. Ahora brotará de su costado sangre y agua y ella estará allí para recoger el vino nuevo que sellará la Alianza definitiva de Dios con los hombres.

En esta escena, María no hace sólo el papel madre de Jesús. Su maternidad se extiende a una multitud de nuevos hijos simbolizados por el “discípulo amado”. María personifica a la Iglesia y el “discípulo amado” representa el seguidor ideal de Jesús, al verdadero creyente que es capaz de perseverar hasta el final con su Maestro. La muerte de Jesús es fuente de fecundidad porque, gracias a ella, su madre se convertirá en madre de todos aquellos que le siguen. Por eso es llamada “mujer”, para recordarnos que es la Nueva Eva, capaz de dar a luz una humanidad renovada (Gn 4,1).

Contemplar al Crucificado con los ojos de la fe nos cura, nos salva y nos da la vida eterna. Fijar la vista en el Traspasado nos exige solidarizarnos con Él e identificarnos con su destino.

Miramos nuestra vida:

Al contemplar al Crucificado con los ojos de la fe, como hace María, hemos descubierto que su sufrimiento no ha sido inútil. Su sacrificio es fuente de vida para todos. De su corazón abierto brota el Espíritu que renueva la humanidad. Si nos situamos al pie de las cruces de nuestros hermanos que sufren y desde allí les miramos con la misma mirada de fe con la que hemos contemplado al Traspasado, seguro que encontramos motivos para peremanecer junto a ellos. Sus heridas, sus llagas, sus corazones desgarrados… pueden ser el lugar en el que Dios nos dé a beber del agua de la vida.

  1. ¿Qué podemos hacer para vivir nuestro sufrimiento desde la esperanza y no desde el desánimo?
  2. ¿De qué manera deberíamos acercarnos a los “crucificados” y “traspasados” de nuestro mundo?
    ¿Cómo podemos ofrecerles consuelo y animarles a seguir luchando?
  3. ¿Cómo nos ayuda la identificación y cercanía de María y de Juan con respecto a Jesús para sentirnos en el camino del discipulado?

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