Apal: una asociación que devuelve la vida

¡Feliz Pascua en Cristo Resucitado!.

Querido lector:

De nuevo aquí, en una nueva cita para contarte lo que acontece en nuestra comunidad y para seguir compartiendo la vida a través de lo que lees.

En esta ocasión, voy a hablarte de una adicción que siendo aparentemente invisible, cuando muestra su durísima cara, es bastante desconocida e incomprendida: se trata de la ludopatía.

¿Qué es Apal?

Es la asociación para la prevención y ayuda a la ludopatía. Es una asociación sin ánimo de lucro, donde muchas personas, destrozadas y poseídas por el juego acuden a rehabilitarse.

En términos físicos, esta adicción como otras, no se cura, pero es posible vivir acotándola con las pautas y herramientas que se dan.

¿Es posible rehabilitarse?

Existen grupos de autoayuda donde los pacientes comparten sus experiencias, guiados por un monitor que normalmente es alguien con buena trayectoria en la terapia y antigüedad en la asociación. Un psicólogo del equipo que los atiende modera cada terapia.

A cada terapia, siempre se recomienda que los pacientes vayan acompañados del familiar que les acompaña en el tratamiento. Pueden ser uno o varios y pueden ir a la vez o por separado según sus posibilidades. Ésto es debido a que la mentira es compañera inseparable de estos enfermos, quienes la usan reiteradamente a fin de no desengancharse mientras no reconocen el problema.

El familiar se encarga de desenmascarar a su acompañado si miente. ¿Para humillarlo? En absoluto. Para que la terapia surta efecto pues la mentira impide la sinceridad que es lo que se les pide; que lo cuenten todo, si tienen deudas y lo que han hecho.

Este compartir en grupos, muy tortuoso en ocasiones y lleno de amargura en otras, va poco a poco haciendo consciente al jugador de su verdadero problema.

Aprenden también a revalorizar el dinero: no llevábamos dinero, sino que lo transportábamos, decía alguien.

Las pautas de tratamiento, al principio son durísimas: llevar el mínimo imprescindible de dinero, ser supervisado por alguien, familiar o amigo de alta confianza, no tener acceso a cuentas bancarias, ni tarjetas, por sí mismo.

Pese a tal dureza, luego lo agradecen profundamente y se habitúan. Aprenden a encontrar otros modos de vida, a llenar el espacio ocupado por el juego y lo que es muy bueno también, cuando se asiste a una terapia de un grupo y monitor determinado, van tomando más confianza y los grupos llegan a convertirse en familiares o grupos de referencia.

La recaída

En los procesos adictivos, es necesario contemplar la recaída como parte de los mismos, está claro que nadie la desea pero no se puede ignorar y además de la rehabilitación en sí misma, se trabaja en su prevención.

Una recaída puede ser más traumática que el mismo ingreso.
Dado que como dije es una asociación sin ánimo de lucro, los asociados han de pagar una cuota mensual que incluye: terapias de grupo e individuales con un psicólogo del equipo que a cada cual se le asigna. Todo el equipo atiende a varios pacientes con quienes van concertando las citas.

Las terapias familiares

Pero, ¿y los familiares? también Apal se ocupa de ellos pues si el jugador ingresa en un estado que puede llegar a ser depresivo, el familiar o familiares que le acompañan, también entran hundidos, desesperados, amargados, cargados de ira y lo que es peor: engañados por el jugador que les ha mentido durante mucho tiempo. Hay madres, padres, hijos y parejas que se preguntan por qué, qué hacer.

Es en las terapias familiares donde se desahogan las penas, se comparten sentimientos y se obtiene información para afrontar el proceso; y como pasa con los pacientes, tratan de ayudarse los unos a los otros. Los veteranos tienden la mano a los nuevos. También aquí existe la figura del psicólogo moderador y del monitor de terapia familiar. A estas terapias solo entran familiares, a diferencia de las terapias de pacientes.

Normalmente a los pacientes, se les recomienda asistir una vez por semana a terapia pero si lo desean, pueden asistir más veces

Alta psicológica

El alta psicológica no implica dejar las terapias, al menos en un principio. Se produce cuando el psicólogo entiende que ha enseñado al paciente todas las herramientas posibles para su autocontrol. Es quitarle el andador al paciente para que dé sus pasos solo y camine.

Es entonces cuando hay que tener cuidado. no bajar la guardia.

El mejor conductor no es quien corre más, sino quien no baja la guardia.

El paciente con alta psicológica, pues, puede celebrar este acontecimiento pero sin olvidar que más que nunca dependerá de él la rehabilitación, aunque siempre tiene las terapias grupales pero este momento es importante en su evolución.

Querido lector: conozco esta realidad por una pareja muy cercana a mí, muy buenos amigos. Llevan unos 27 años casados. Ella cayó en esta adicción. Me lo contaron y me invitaron a conocer la asociación y he asistido con ellos a las terapias.
Para proteger su intimidad, cambiaré sus nombres. Se van a llamar Alfonso y Lucía.

Testimonio de Alfonso y Lucía

Trataré de ser fiel y transcribir este testimonio, cargado de hondura y que al que suscribe le impactó. Haré que esta pareja nos hable a través de mis recuerdos. Para hacer la lectura dinámica, pondré una A. si habla Alfonso y una L. si es Lucía la que habla:

A. Era una tarde de Mayo, el día 6 concretamente. Luci y yo estábamos comiendo en la terraza de un bar restaurante. Hacía buen día. Los dos trabajábamos en la venta de loterías, en diferentes sitios.
Yo sabía que desde hace mucho tiempo, nuestros sueldos no nos llegaban y eso que entonces se trabajaba bien.
Sentía que Luci volvía muy tarde a casa, que pasaba algo raro, hasta pensaba que me estaba volviendo machista. Cuando ella llegaba del trabajo, a horas extrañas, me decía que se debía a sus clientes y que tenía que repartir y entretenerse para vender más.
Intentaba entenderla, pero luego, vuelta a lo mismo. Empezaba a sentir ira y me planteaba sentarnos a dialogar, pero nunca llegué a hacerlo. Me echaba la culpa yo mismo pensando que le quitaba libertad y que ella tenía derecho a salir.
Alguna vez nuestra hija, (tenemos una que pasa un poco de los 20), me decía mientras preparaba la comida y esperábamos a la madre:
¿porqué te molestas en hacerle a mamá el segundo plato?, si ¡sabes que muchas veces se lo toma a regañadientes!. Yo le decía: hija, aunque no sé qué pasa, el amor es también hacerle a tu madre su plato y servírselo como a ti.
Cuando volvía, Lucía casi no comía. Dormía siestas muy largas y era irritable.

Aquella tarde de Mayo lo comprendí.
Cuando terminábamos de comer en la terraza del restaurante, me dijo:
L. Alfonso: Estoy muy preocupada. Llevo una temporada sin cuadrar.
A. ¿cuánto llevas perdido?
L. Por lo menos 300 euros. Te dije que estaba perdiendo dinero ya desde hace tiempo.
Entonces, ella con la voz entrecortada, me hizo una revelación terrible.
L. Tengo problemas con el juego.
A. Al oír esto, tuve unos segundos de no sé qué, es difícil explicar qué se siente.
A. ¿tienes deudas? le pregunté. ¡podríamos habernos arruinado!. ¿qué hubiera sido de nuestra casa?
L. No me importa la casa, sólo me importa que mi Alfonso no me deje.
A. No, Luci, yo no te voy a dejar, ¡yo siempre te voy a amar!. ¿Tú quieres salir?
L. Sí, quiero salir.
A. Todo se me vino abajo. Desorientado, tocado, no podía reaccionar. ¡nos estaba pasando a nosotros!
No sé cómo saqué fuerzas para ir a dar la clase de francés que le daba a una chica para ayudarle a sacar la asignatura.
Sólo sé que muchísimas veces, orando preguntaba: Dios mío: ¿cómo vamos a salir? ¿qué vamos a hacer?
Los días que siguieron, fueron terribles. Lucía, sumida en una hondísima depresión era mi Luci, mi niña desvalida, una criatura necesitada de todo el amor que se le pudiera dar, hundida y sin ganas de vivir. No quería nada, si la hija le ofrecía salir, sólo quería ir al bar y no había modo hasta que las dos me iban a buscar al trabajo. Le costaba levantarse.
Una vez, fui a la cocina, fui a ver qué hacía. Como estaba hecha un rollito contra la encimera, le toqué suavemente la espalda. Se volvió y reclinando la cabeza en mi pecho dijo: ¿cómo puedo estar tan triste? Ay, lo que yo pude leer, lo que yo sentí, nunca la había visto así. No puedo expresar la descarga emocional, es algo tan íntimo. no se hizo el pico de la gallina para tocar la trompeta (refrán de Malí que expresa lo inefable), lo inexpresable.

Por mi parte, mientras gestionaba la búsqueda de una asociación, sufría terriblemente. Pedimos cita al médico de cabecera y allá nos fuimos los dos, bajo el peso de la tristeza.
La doctora le dio la baja y le mandó un antidepresivo.
Cuando llamé a la asociación, la amable voluntaria que me atendió, me informó y me dijo que teníamos que ir los dos. Concertamos la hora y, otro momento difícil: Lucía luchaba entre querer y no querer ir. Tuve que ser enérgico, ya ves lo que a mí me apetecía.
Ingresamos en Apal el 12 de Mayo, hará pronto 3 años.
Mientras un jugador en rehabilitación atendía a Lucía, yo hablaba con la voluntaria cuyo marido también se estaba rehabilitando.
Ahora lo entiendo pero entonces fue durísimo lo que me decía:
No puedes fiarte de ella, tienes que quitarle todo lo que pueda vender, tienes que ser duro. Yo no decía nada. Tenía los ojos velados por unas lágrimas que pugnaban por salir pero que me esforzaba en impedir. Pronto aprendí a cambiar la palabra desconfianza por prevención aunque no todo el mundo esté de acuerdo.

Muy pocos días después, comenzamos a asistir a las terapias. Acompañaba a Lucía siempre que tenía que ir.
Tal como se lo dije a ella, en las terapias intentaba transmitir a los pacientes que el proceso debía ser ilusionante y que, tanto el familiar como el paciente, debían hacer un equipo de trabajo. El familiar o entorno más próximo, acompañando al paciente y éste, disfrutando de cada día sin jugar, que pese a que había que ser duros, el enfermo es, ante todo persona que necesita del amor y el perdón para poder caminar.
Sé que este discurso no era comprendido al principio pero muy pronto caló entre los pacientes y, empecé a descubrir a las personas en un ambiente que para quien no lo conoce, es muy duro.
Para mí, acompañar a mi Luci, no era ir porque tocaba, sino porque era algo de los dos, aunque ella fuera la paciente. ´
Cuando le tocaba intervenir, al principio, le costaba hablar porque su voz se entrecortaba bajo el peso de la depresión, la culpa y la dificultad que tenía para asumir el problema.
Es muy normal que los pacientes se sientan culpables y hasta piensen que se han buscado lo que les ha pasado. También pueden desear el suicidio. Los psicólogos les dicen: no sois responsables de la enfermedad, pero sí de vuestra rehabilitación. Es una cuestión que suelo tratar: les digo que no piensen en que se han buscado o no lo que les pasa. Simplemente es la consecuencia de la enfermedad y que han de responder al tratamiento.
Me llamo Lucía, tengo X años y soy ludópata.
Cuando le oí decir esto por primera vez, me emocioné. Íbamos por buen camino, aunque ella me diría tiempo más tarde, que le costaba creérselo y que lo decía porque todos lo hacían.

Transcurrido un mes más o menos de asistir a las terapias, tuvimos otro golpe:
La doctora había puesto ludopatía en el motivo de la baja laboral de Lucía. Lo había consultado con el inspector médico que le dijo que ésta no era una enfermedad sanitaria y que ella no era madre de nadie y que le diera el alta inmediata.
Yo tuve una crisis de ansiedad en la consulta cuando nos enteramos y Lucía se hundió más pese a que empezaba a mejorar un poco.
Para evitar el alta inminente, la doctora le dio un volante para el psiquiatra.
De nuevo tropezamos con los obstáculos de la burocracia. ¡le daban cita para agosto!. Nos dijeron que si el psiquiatra valoraba el caso y adelantaba la cita, era cuanto podíamos esperar.
Aceptamos la cita.
Por fortuna, llamaron pronto del centro de salud mental y dijeron que la cita se había adelantado para unos días después.

Era un despacho tranquilo. Una persona serena y acogedora nos atendió. Era el psiquiatra.
Ayudé a Lucía a expresarse, no la veía con fuerzas. Y, esos ojos míos, siempre velados por las lágrimas que conseguía retener a duras penas, ese dolor pegajoso que llevaba pegado a mi ser y que no lograba quitarme…
El buen doctor, además de contemplar el problema de Lucía le dijo:
Además de su ludopatía, tiene usted una depresión profunda. Le reforzó el tratamiento e hizo una nota para mantener la baja laboral además de recomendarle que no dejara de asistir a Apal.
Pudo mantener la baja laboral durante un año tras el cual, fue forzada a incorporarse al trabajo por la Seguridad Social, cuyas inspecciones debía pasar cuando se la convocaba.
Para evitar recaídas, pidió una excedencia que se mantiene actualmente.
En las terapias, Lucía iba reconociendo cuán enganchada estaba al juego. Me encantaba hacer ecos e intervenir, poniendo mi imaginación y transmitiendo amor a los pacientes.
También yo necesité asistencia. No fueron terapias propiamente. Era alguna sesión en la que aprendí que no podía ser el perfecto terapeuta, que también debía alimentarme y sentir que las terapias eran para mí una ocasión de conocer y aprender no sólo de ella, sino de los demás. Aprendí que ella esperaba mi compartir entre los dos y que no sólo ella tenía que contarme sus sentimientos, sino que debíamos compartirlos.
Así la cosa se hizo más fácil. Más de una vez lloramos y nos lamentábamos juntos. ¡Cómo me dolía verla sufrir!. Me dolía su dolor hasta calarme en lo más hondo de mi ser.
Descubrí, no sé cómo, que aún podía amarla más. Que cuando te casas, se supone que amas lo suficiente, pero que cuando la vida te pone contra las cuerdas, Si la casa está construida sobre arena, los vientos azotan y la destruyen. Si está construida sobre roca, soplan los vientos pero no la pueden destruír.
Asistí también a las terapias familiares, donde compartía con otros familiares pero también les contaba mi experiencia interior, cómo lo vivíamos.
No siempre fui comprendido. Para otros era esperanza y me decían que también querrían ver esa luz de la que les hablaba.
Mi experiencia de acompañar a enfermos, junto con otras cosas que aprendí, además de mi fe, me han ayudado a ir saliendo.

El violín de la psicóloga

En cierta ocasión, asistí a una terapia familiar. Era una tarde de Agosto.
Lucía había entrado a una terapia grupal.
Los familiares no venían. Sólo la psicóloga y yo esperábamos a que viniera más gente.
Como el tiempo pasaba y nadie llegaba, se dirigió a mí y me dijo:
Alfonso, ¿quieres que hagamos la terapia aunque no haya nadie más?
Le dije que sí, consciente de que iba a ser un lujo para mí esta ocasión.
Cuando hablamos de mis intervenciones en las terapias familiares y de pacientes, me dijo que eran muy valiosas pero que tenía que utilizar un lenguaje más asequible al común de los mortales y me puso este bonito ejemplo:
Imagina que tocas el violín para unos estudiantes que quieren aprender. Tocarías piezas para estudiantes, ¿verdad? Así es, respondí.
Ella añadió: si tocas piezas para profesionales, se aburrirían. Pues cuando hables, procura tocar piezas para estudiantes.

Nunca olvido esa terapia.
Desde entonces tengo en cuenta ese magnífico consejo y, sin dejar de ser yo, procuro explicarme cuando pienso que hablo muy hondo y temo no ser entendido. Me va bien.
Cuando asisto con Lucía a las terapias, veo cómo los enfermos, a modo de hijos pródigos, intentan ponerse en camino, recuperar sus vidas y lo que confiesan, es un acto de gran valentía, en mi opinión.
Se lo decía a Lucía en casa: cada día que pasa sin que juguéis, cada temporada que pasa sin que recaigáis, es una manifestación de la Resurrección de Cristo. Y, así sigue siendo hoy.
Al principio del proceso, ella misma me entregó su tarjeta de crédito y se desprendió de todo según las pautas y yo lo recibía con un hondo dolor, porque es como si desnudas al paciente de todo lo que normalmente se tiene, dinero, tarjeta, oro, Etc. Siempre trata de cumplir las pautas lo mejor posible, cada vez mejor y yo estoy muy orgulloso de ella, de su fuerza y valentía.
Con el tiempo, pasaron los días en que ya mis ojos se despejaron. Pasaron los días de levantarme para trabajar y echarme a llorar nada más pisar la calle mientras Lucía se quedaba en casa, protegida y descansando.
Aunque marcado emocionalmente, pues ahora la empatía me aumentó y me pongo blando enseguida, ya nos encontramos mejor.
Lucía, ahora se ha vuelto luz y es voluntaria en Apal. Lleva el consuelo a los nuevos ingresos y ayuda activamente en las terapias a sus nuevos compañeros, aportándoles la experiencia y el cariño y cuando hace el voluntariado, da citas y también ayuda por teléfono.

Seguimos asistiendo a las terapias. Nunca he dejado de acompañarla.
También me doy cuenta de cuánto me ama ella, que dice que lo hacía por mí. En la asociación aprenden que esto no es exactamente así. Primero, lo hacen por sí mismos, para volver a la vida, y luego, lo demás.
Cuando celebramos las bodas de plata, fue con un sentido muy diferente al normal porque nosotros, habíamos conseguido salvar el matrimonio y descubrir una nueva dimensión para nuestro amor. Lo celebramos por lo religioso y luego por lo profano, con gente que hasta vino de fuera, todos conocedores del tema. Ahora estamos como dos chiquillos.

Querido lector:
Antes de terminar, quiero contarte que Alfonso también me dijo que cuando escuchaba los testimonios de parejas que se rompían o que habían tenido que expulsar a sus familiares, maridos o esposas de casa, él, cuando en la cama movía un pie y tocaba a una Lucía que por fin podía descansar, sin preocuparse de dónde sacar dinero para trampear, y el alma libre, con los ojos húmedos daba gracias a Dios por tenerla a su lado y se preguntaba que a dónde iría esa criatura, en ese estado si la hubiera expulsado, aunque se fuera con su madre pero que a él no le cabía en la cabeza, que está por ella y que su corazón no albergó ningún sentimiento .
Hasta es capaz de sentirse afortunado pues ella, como me decía, “hasta para ponerse enferma ha sido noble” y que cuando vuelve a casa de la terapia familiar, da gracias por no vivir los testimonios que escucha.

Me decía también que había tenido mucha ayuda de su comunidad y que su párroco iba a reconfortarle al trabajo y que le hacía un bien inmenso, además de correos electrónicos con alguien que con un inmenso cariño y mensajes altamente instructivos, le ayudó a entender, a actuar con amor pero sin que el amor fuera un criterio de sus sentimientos, sino que por amor, había que hacer incluso aquello que a uno le rompe el corazón. Pensaba que le quitaba cosas a Lucía, cuando lo que en realidad hacía, era hacer que se cumplieran las pautas del tratamiento y me habló de lo complicado que era ser el malo de la película.

Actualmente, Alfonso se ha jubilado. No hace mucho que volví a verlos y me dijo que le iban a elegir como monitor de terapias familiares, que había soñado con ello, que Lucía seguía muy bien y que eran felices como hace tiempo que no lo habían sido.
Lucía espera encontrar un trabajo que pueda realizar. Continúa en tratamiento psiquiátrico con citas periódicas.

Si conoces a alguien que tenga esta adicción, querido lector, no dudes en llamar a Apal. Tel. 914076899, www.apalmadrid.org en horario de 10 a 13 h. y por las tardes de 17 a 20 h., (según sea el horario de terapias del día), donde te atenderán estupendamente y si te atreves, acompaña a la persona a la que ayudes. Y, qué decir si fueras tú mismo. Espero que no pero entonces, relee la publicación y piensa en que te devolverán la vida.

Después de esto, nada más me queda por decir. Simplemente siendo creyente, veo en esta pareja un testimonio que parece increíble pero que es tan real como que yo te lo estoy contando.
Es un testimonio que fortalece la fe y nos enseña cómo siempre, aunque sea un tópico, que siempre se ve la luz al final del túnel, y que es en la debilidad donde nace la fuerza, como dice San Pablo.

Carlos Canalejas, para la web parroquial.

1 respuesta a Apal: una asociación que devuelve la vida

  1. San Agustín nos dio la clave cuando invitó a cada ser humano a conocerse, aceptarse y superarse. Es así y en ese orden. En el relato aparece implícito: Lucia conoció su problema, lo aceptó y esa fue la base sólida que ha permitido superarlo.
    “Ámame cuando menos lo merezca, ya que es cuando más lo necesito”. Sabemos que todo acto de bondad es una demostración de poderío. Alfonso también lo sabe, aunque seguramente la experiencia vivida le habrá permitido a Alfonso descubrir que es muy fuerte… mucho más de lo que quizá nunca sospechó.
    Gracias por compartir tan conmovedor e inspirador relato.

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