El lenguaje corporal en la Liturgia

ÍNDICE

  1. Presentación.
  2. Las posturas del cuerpo.
  3. Gestos de humildad.
  4. El lenguaje de las manos.
  5. Conclusión.
  6. Preguntas para la reflexión.

1. PRESENTACIÓN

Las actitudes de la comunidad en los diferentes momentos de la celebración se ha convertido, en algunos lugares, en ocasión de discusiones y tensiones entre los “progresistas” y los más “rigoristas”, sobre todo cuando se trata de arrodillarse o no en determinados momentos de la Eucaristía.
Hay que recordar, sin embargo, que la expresividad de la persona humana engloba toda su unidad: espíritu y corporeidad. El hombre, con su identidad entera, está en relación con los demás, y está, también, en presencia de Dios, y expresa sus sentimientos interiores no sólo con la palabra, sino también con sus movimientos y gestos, con su mismo porte y postura corporal. Actitudes internas como el respeto, la disponibilidad, la humildad, la cercanía, la adoración, la espera confiada, la receptividad, se ven ya en la misma manera de estar corporalmente.
El hombre de hoy -también el cristiano- parece que tiene cierta dificultad en expresar con gestos sus sentimientos religiosos. No le cuesta tanto “decir” su oración con palabras o con cantos. Pero a veces siente un poco de pudor si se le invita a elevar los brazos o juntar las manos o hacer una genuflexión. Sin embargo, nuestra oración, sobre todo en la celebración litúrgica, es más completa y expresiva cuando el gesto y la acción se unen a la palabra. Todo el cuerpo se convierte en lenguaje: los ojos que miran, las posturas del cuerpo, el canto, el movimiento, las manos.

2. LAS POSTURAS DEL CUERPO

Nuestro cuerpo también reza: los criterios de Misal.
Como nuestra celebración cristiana es comunitaria, las posturas corporales tienen la particularidad de que acentúan o desdibujan, según la uniformidad de actitudes interiores de la asamblea celebrante. Por eso el Misal pone como ideal esta expresión de unanimidad entre todos los que participan en la celebración. Para salvaguardar la uniformidad, sigue siendo válida la sabiduría del “donde fueres haz lo que vieres”.
La tercera edición del Misal Romano, en sus números 42 y 43, señala, ante todo, los criterios básicos para estas posturas:
42. Los gestos y posturas corporales, tanto del sacerdote, del diácono y de los ministros, como del pueblo, deben tender a que toda la celebración resplandezca por la belleza (el noble decoro) y por la sencillez, a que se comprenda el significado verdadero y pleno de cada una de sus diversas partes y a que se favorezca la participación de todos. Así, pues, se tendrá que prestar atención a aquellas cosas que se establecen por esta Instrucción general y por la praxis tradicional del Rito romano, y a aquellas que contribuyan al bien común espiritual del pueblo de Dios, más que al deseo o a las inclinaciones privadas.
La uniformidad de las posturas, que debe ser observada por todos participantes, es signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana congregados para la sagrada Liturgia: expresa y promueve, en efecto, la intención y los sentimientos de los participantes.
43. (…) pertenece a la Conferencia Episcopal adaptar los gestos y las posturas descritos en el Ordinario de la Misa a la índole y a las tradiciones razonables de los pueblos, según la norma del derecho. Pero préstese atención a que respondan al sentido y la índole de cada una de las partes de la celebración. Donde existe la costumbre de que el pueblo permanezca de rodillas desde cuando termina la aclamación del “Santo” hasta el final de la Plegaria Eucarística y antes de la Comunión cuando el sacerdote dice “Éste es el Cordero de Dios”, es laudable que se conserve.
Para conseguir esta uniformidad en los gestos y en las posturas en una misma celebración, obedezcan los fieles a las moniciones que hagan el diácono o el ministro laico, o el sacerdote, de acuerdo con lo que se establece en el Misal.

De pie: como pueblo sacerdotal y familia de hijos

La postura de pie es la característica del hombre, frente a la mayoría de los animales: postura vertical, todo un símbolo de su dignidad como rey de la creación. Ha sido la postura de oración más clásica y reúne en sí una serie de valores y significados que la hacen la más coherente para expresar la identidad de un cristiano en oración ante Dios:
• de pie expresamos nuestro respeto a una persona importante,
• es la actitud que mejor indica la atención, la prontitud, la disponibilidad, la tensión hacia una acción o una marcha, la corresponsabilidad,
• las acciones importantes las realizamos de esa manera: un político que jura su cargo o unos novios que se dan el “sí”;
• para un cristiano es un signo de su libertad, de su condición de hijo en la familia, de su confianza ante Dios.
• participa, así, de la dignidad del Resucitado, unido al Cristo Glorioso, como miembro de su Cuerpo; nada extraño que en los primeros siglos estuviera prohibido arrodillarse los domingos o durante el Tiempo Pascual: tomaban en serio su condición de partícipes de la Resurrección del Señor;
• y es también la postura típica de todo sacerdote que actúa en su ministerio, cuando dirige a Dios su oración en nombre de toda la comunidad.
Es una actitud corporal que también se presta a interpretaciones de orgullo y autosuficiencia. No hay signos químicamente puros: lo que importa en cada caso es que la actitud exterior exprese la adecuada actitud interior de fe, que en esta ocasión, como vemos, es múltiple: respeto, atención, disciplina, confianza de hijos.
En nuestra celebración subrayamos con esta postura en pie algunos momentos más significativos:
• la entrada procesional del presidente y los demás ministros de la celebración, como signo del respeto que merece a toda la asamblea el que va a ser para ella el signo visible de la presencia del Señor con los suyos, y durante las oraciones del inicio;
• la lectura del Evangelio, la Palabra más importante que escuchamos en la celebración: indicamos respeto, atención y disponibilidad para aceptar y cumplir la que va a ser la Palabra de Cristo para nosotros; nos ponemos en pie ya para el aleluya, que es una aclamación a ese evangelio;
• la profesión de fe o Credo;
• la oración universal, en la que “el pueblo, ejerciendo su sacerdocio bautismal, ofrece a Dios sus peticiones por la salvación de todos” (IGMR 69): toda la comunidad, respondiendo con su oración a las intenciones sugeridas se pone como mediadora -oficio sacerdotal- entre Dios y la humanidad entera;
• siempre que el presidente, en nombre de todos, eleva a Dios su oración; tanto en las oraciones más breves como en la Plegaria Eucarística dirige a Dios su oración por los demás, lo lógico es que en esos momentos toda la comunidad le apoye en la misma postura;
• todo el proceso de preparación a la comunión: la comunidad, antes de acudir en marcha a la Mesa del Señor, dice de pie, con actitud confiada de hijos, la oración que el mismo Cristo nos enseñó.

De rodillas: penitencia y adoración

La postura de rodillas es muy expresiva de algunas actitudes interiores:

  • indica humildad ante la presencia del misterio o de la persona a la que dirigimos nuestra oración: "por esto doblo las rodillas ante el Padre" (Ef 3,14). El orar de rodillas es una actitud corporal que nos invita a sentirnos pequeños, pecadores, limitados, y a dirigirnos a Dios desde nuestra pequeñez;
  • es el modo como más explícitamente manifestamos nuestra postura interior de adoración;
  • ha sido la clásica postura para la oración personal privada, aunque más tarde se fue convirtiendo poco a poco en la postura normal también para la comunitaria, cuando a partir del siglo XI se fue subrayando el aspecto de adoración en la Misa. Esta postura sigue siendo la actitud más indicada para la oración personal, sobre todo cuando se hace delante del Santísimo;
  • es el modo más coherente para expresar, en la celebración Penitencial, la actitud interior de conversión y dolor.

En los primeros siglos no parece que fuera usual entre los cristianos el orar de rodillas. Más aún, el Concilio de Nicea lo prohibió explícitamente para los domingos y para todo el Tiempo Pascual y se reservó para los días penitenciales. Más tarde, a partir de los siglos XIII-XIV, la postura de rodillas se convirtió en la más usual para la oración, también dentro de la Eucaristía, subrayando el carácter de adoración. En la nueva disposición de nuestro culto ha quedado ciertamente relativizada esta postura, que había llegado a ser casi la única. La norma del Misal (IGMR 43) dice:
"Estarán de rodillas a no ser que lo impidan motivos de salud o la estrechez del lugar o la aglomeración de la concurrencia u otras causas razonables, durante la consagración. Los que no se arrodillan en la consagración, hagan una inclinación profunda mientras el sacerdote hace la genuflexión después de la consagración".
La postura de rodillas subraya bien nuestra actitud ante el misterio eucarístico. Pero también es posible expresar esta misma actitud de fe estando respetuosamente de pie, como hacen los sacerdotes concelebrantes, y como hicieron todos los fieles durante el primer milenio, y como siguen haciéndolo en otros ritos (por ejemplo el hispánico-mozárabe).

Sentados: receptividad y escucha

Cuando nos mantenemos sentados, estamos expresando unas actitudes determinadas:

  • que estamos en paz, distendidos, presenciando algo o en actitud de espera,
  • es la postura que más favorece la concentración y la meditación, así permanece el que enseña, el que tiene autoridad, el que juzga, el que actúa como ministro de la Reconciliación,
  • y así también estamos cuando escuchamos una lectura o una homilía: es la actitud del discípulo ante el maestro, expresando su receptividad y atención.

La comunidad permanece sentada en los momentos en que la actitud es de las que hemos enumerado como más coherentes para esta postura: durante las lecturas que preceden al Evangelio, con su salmo responsorial, durante la homilía y mientras se hace la preparación de los dones en el ofertorio; también, según la oportunidad, a lo largo del sagrado silencio que se observa después de la comunión (IGMR 43). Se subraya así el sentido de receptividad, de escucha concentrada, de pausa, de meditación, de interiorización.

3. GESTOS DE HUMILDAD

Nuestra postura ante Dios, sin perder el tono de alegría y confianza filial que tenemos como cristianos, no puede ser otra que la de adoración y humildad. En nuestra celebración litúrgica hay gestos que quieren expresar la actitud interior de humildad, de adoración ante la presencia de Dios, nuestra oración intensa y recogida o nuestro arrepentimiento y petición de perdón.

Los golpes de pecho

Es uno de los gestos más populares, al menos en cuanto a expresividad. En el Pórtico de la Gloria, de Santiago de Compostela, el arquitecto escultor, Maestro Mateo, se representó a sí mismo al pie de la columna central, al fondo de la iglesia, de rodillas y dándose golpes de pecho.
Cuando para el acto penitencial, al inicio de nuestra Eucaristía, elegimos la fórmula del “Yo confieso”, nos golpeamos el pecho con la mano. También en otro momento se repite este gesto: cuando se emplea como Plegaria Eucarística el Canon romano. A las palabras “y a nosotros, pecadores”, el presidente (y los concelebrantes con él) se golpean el pecho con la mano: es una frase que se refiere precisamente a los ministros, que se reconocen así como pecadores delante de la asamblea.
Golpearse el pecho es reconocer la propia culpa, es apuntar a sí mismo, al mundo interior, que es donde sucede el mal, y además golpeándose: sacudiendo el propio pecho como manifestando que queremos cambiar, despertar, convertirnos. Es un gesto que nos puede hacer más humildes en nuestra actitud para con Dios, para con el prójimo y para con nosotros mismos.

Las inclinaciones

Inclinar la cabeza o medio cuerpo es un gesto muy común para indicar respeto y reconocimiento de la superioridad de otro: “Por medio de la inclinación se expresa la reverencia y el honor que se tributa a las personas o a sus signos” (IGMR 275). Se usa no sólo en la liturgia, sino también en la vida social.
En nuestras celebraciones hay dos clases de inclinaciones:

  • inclinamos la cabeza “cuando se nombran las tres divinas Personas a la vez, a los nombres de Jesús, de la bienaventurada Virgen María y del Santo en cuyo honor se celebra la Misa” (IGMR 275); también ante una imagen sagrada, o ante el obispo;
  • hacen inclinación profunda del cuerpo el sacerdote que se acerca al altar al principio y al final de la celebración, o cuando dice en secreto la oración antes del evangelio (“purifica mi corazón”) o en el ofertorio (“acepta, Señor, nuestro corazón contrito”), o en las palabras “te pedimos humildemente” del Canon Romano; el diácono que va a proclamar el evangelio, mientras dice en secreto la oración preparatoria; los concelebrantes, después de la elevación del Pan y del Vino, mientras el presidente hace la genuflexión; todos, cuando en el Credo dicen las palabras “y por obra del Espíritu Santo…” (cf. IGMR 275). También se dice ahora que, los que se quedan de pie en la consagración, hagan una inclinación profunda cuando el presidente hace la genuflexión después de mostrar el Pan y luego el Vino (cf. IGMR 43).

La genuflexión

Desde el siglo XII-XIII se ha convertido en el más popular símbolo de nuestra adoración al Señor presente en la Eucaristía. Es una muestra de la fe y del reconocimiento de la Presencia Real: Cristo es el Señor y ha querido hacerse presente en este sacramento y por eso doblamos la rodilla ante él.
Se reserva al Santísimo Sacramento y a la santa Cruz desde la adoración solemne en la acción litúrgica del Viernes en la Pasión del Señor hasta el inicio de la Vigilia Pascual (IGMR 274). Hay otros momentos en que tiene expresividad este movimiento: por ejemplo cuando se recita el “Incarnatus” del Credo en las fiestas de la Anunciación y Navidad; o cuando el Viernes Santo se va a adorar la cruz.

Orar de rodillas

Orar de rodillas, un gesto todavía más elocuente que la genuflexión o la inclinación de cabeza, a veces es gesto de penitencia, de reconocimiento del propio pecado; otras, de adoración, sumisión y dependencia; o bien, sencillamente, de oración concentrada o intensa. No deberíamos perder la experiencia que supone ponernos de rodillas delante de Dios: mostrar visiblemente nuestra humildad, nuestro anonadamiento y adoración ante su misterio. Orar en nuestra habitación o ante el sagrario de rodillas nos ayuda pedagógicamente a nosotros mismos a situarnos en la actitud humilde y confiada que nos corresponde delante de Dios.

Postración

Postrarse en tierra es el signo de reverencia, humildad o penitencia en su máxima expresión. En nuestra celebración litúrgica hay unos momentos significativos en que todavía se indica esta postura de la postración total:

  • el Viernes Santo, el sacerdote presidente puede iniciar la celebración con unos momentos de oración de rodillas, pero sigue siendo más expresiva la postración total en el suelo;
  • en las ordenaciones, durante las letanías de los Santos que reza toda la comunidad, los candidatos al sacramento se postran también en tierra, mostrando su total disponibilidad y preparándose para recibir la gracia del Espíritu;

Normalmente nuestra adoración ante Dios o la actitud de oración la expresamos de otras maneras más suaves: un canto de alabanza, una genuflexión, una inclinación. Pero no tendríamos que dejar desaparecer este signo tan elocuente de nuestra actitud de anonadamiento ante Dios, al menos en esas ocasiones en que ha quedado en la liturgia.

4. EL LENGUAJE DE LAS MANOS

Las manos son como una prolongación de lo más íntimo del ser humano. En nuestra vida social todos llegamos a entender la “gramática” de unas manos que se tienden para pedir, que amenazan, que mandan parar el tráfico, que saludan, que se alzan con el puño cerrado, que hacen con los dedos la V de la victoria, que cogen en silencio la mano de la persona amada, que se tienden abiertas al amigo, que ofrecen un regalo, que dibujan en el aire una despedida. El gesto -la mano misma- de alguna manera “realiza” ese sentimiento y esa voluntad íntima.
Cuando la Biblia quiere simbolizar el poder creador de Dios o sus hazañas salvadoras o su cercanía de Padre, muchas veces recurre a la metáfora de sus manos. Es el símbolo del poder y de la acción, pero también de la amistad: “alargué mis manos todo el día hacia mi pueblo” (Is 65,2). El poder de esa mano divina pasó a Cristo: “el Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano” (Jn 3,35). También en la dirección contraria -desde nosotros hacia Dios- los brazos y las manos pueden expresar muy bien la actitud interior y convertirse en símbolos de la oración.
Los brazos abiertos y elevados han sido desde siempre una de las posturas más típicas del orante. Son el símbolo de un espíritu vuelto hacia arriba, de un ser que tiende a Dios: “toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote” (Sal 62,5); “suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde” (Sal 140,2). Unos brazos elevados, unas manos que tienden a lo alto, son elocuentes, aunque no pronuncien palabras. Pueden ser un grito de angustia y petición, o una expresión de alabanza y gratitud. El orar en esta postura tiene un tono expresivo, no sólo de petición por sí mismo, sino de intercesión por los demás.
Las palmas de las manos hacia arriba: esta es la postura que se suele encontrar en muchas imágenes antiguas del orante. Manos abiertas, que piden que reconocen su propia pobreza, que esperan, que muestran su receptividad ante el don de Dios. Manos abiertas: lo contrario del puño violento o de las manos cerradas del egoísmo. Un cristiano que se acerca a comulgar y recibe el Pan de la Vida con la mano extendida, “haciendo a la mano izquierda trono para la derecha, como si fuera esta a recibir a un rey”, como ya en el siglo cuarto describía el rito san Cirilo de Jerusalén, está dando a su gesto un simbolismo de fe muy expresivo.
Las manos unidas: palma contra palma o bien con los dedos entrelazados. Es una postura que parece que no se conocía en los primeros siglos, y que puede haberse introducido por influencia de las culturas germánicas. Es la actitud de recogimiento, de la meditación, de la paz. El gesto de uno que se concentra en algo, que interioriza sus sentimientos de fe. La postura de unas manos en paz, no activas, no distraídas en otros menesteres mientras ora ante Dios.
El que más elocuencia debe tener en sus manos, durante la celebración cristiana, es el presidente. Muchos de sus gestos no le pertenecen: no son expresión sin más de sus sentimientos en ese momento, sino que están de alguna manera “ritualizados”, porque son signo de un misterio -tanto descendente como ascendente- que no le pertenece, sino que es de toda la Iglesia. Sus manos son prolongación en este momento de las de Cristo. El presidente expresa con sus manos la comunión “horizontal” con la asamblea, la dirección “vertical” hacia Dios y su propia actitud de orante.
¿Una asamblea maniatada? Durante los primeros siglos los fieles imitaban la postura y los gestos del presidente: oraban de pie, mientras escuchaban la Plegaria Eucarística, y en determinados momentos elevaban también sus brazos al cielo. Más tarde cambiaron las cosas, porque a partir del siglo XI se fue generalizando la postura de rodillas para los fieles, mientras el presidente quedaba en pie. Y los movimientos de brazos se reservaron a este.
Ahora, en la celebración eucarística, la asamblea tiene contados movimientos con sus manos: la señal de la cruz, los golpes de pecho, extender su mano para la comunión, dar la mano o el abrazo en el momento de la paz. Sería interesante que, al menos en celebraciones de grupos o en circunstancias especialmente festivas, las manos de la asamblea también se liberaran para utilizar su lenguaje de fe. Con ocasión de la edición del Misal italiano de 1983 se dijo expresamente de todos los fieles de esas comunidades: “durante el canto o la recitación del Padrenuestro, se pueden tener los brazos extendidos; este gesto, oportunamente explicado, se haga con dignidad en clima fraterno de oración”.
Es bueno que haya sencillez, sobriedad y gravedad en la celebración. Pero no lo es que las manos queden como atrofiadas e inexpresivas. No hace falta llegar al éxtasis y a la teatralidad. Pero tampoco es propio de la celebración cristiana que todo lo encomendemos a las palabras, y no sepamos utilizar el lenguaje corporal.

5. CONCLUSIÓN:

EL GESTO Y LA ACTITUD INTERIOR

Las actitudes del cuerpo no son lo más importante: pero, en sintonía con la postura interior, tampoco son indiferentes a la hora de expresar nuestra relación con Dios, el Todo-Otro, el Santo, el que nos invita a participar en su misterio. Descuidar esta sintonía puede empobrecer o hacer menos expresiva nuestra celebración.
No deberíamos descuidar este lenguaje corporal, ni estilizarlo hasta tal punto que ya no exprese nada. En los momentos en que, por ejemplo, se nos invita a hacer una genuflexión o una inclinación profunda, o bien cuando en otras celebraciones queremos manifestar nuestras actitudes penitenciales o de oración recogida e intensa, no tendríamos que tener miedo a hacer con claridad estos gestos. Es todo nuestro ser, y no sólo nuestra mente o nuestro corazón, el que entra en esa relación profunda de fe con el misterio de Cristo que celebramos en nuestra liturgia.
Y por otra parte, tampoco hay que endiosar o absolutizar una postura determinada. Posturas no mecánicas, ni meramente rutinarias, sino “verdaderas”: en las que el sentimiento espiritual se encarna y se expresa con el gesto exterior. De modo que se vaya consiguiendo lo que siempre es la finalidad de todos los gestos y símbolos: la mejor participación en el misterio que celebramos.

6. PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN

¿Alguna vez me he detenido a preguntarme por qué hago determinados gestos en la eucaristía y qué sentido tienen?
¿Qué gesto es el que más me llama la atención?
¿Hay sintonía entre mis gestos externos y mi actitud interior?
¿Qué aplicación puede tener todo lo aprendido aquí en nuestras celebraciones y en el servicio que realizamos en nuestras liturgias?

Fuente de preparación de este material: José Aldazabal, “Gestos y símbolos” (Dosier CPL 40), Centre de Pastoral
Litúrgica, Barcelona 2008.

Estas preguntas podemos hacérnoslas fuera del grupo. Son muy válidas para crecer en cultura litúrgica.

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