Reunión del Equipo de Animación Litúrgica 09-04-2014

Heme aquí en una nueva cita contigo, querido lector.
Llega la Semana Santa.
Te ofrezco en esta ocasión el material que nos sirvió en este encuentro.
Nada que decir, nada que añadir. Ante lo que se desconoce, lo mejor es un respetuoso silencio o una atenta escucha. En este caso también, una atenta lectura de lo que expongo. El signo de la Cruz y lo que se refiere a ella. Son cosas en las que normalmente no nos fijamos y dada la utilidad del material, recomiendo su atenta lectura.

LA CRUZ, SIGNO DEL CRISTIANO

Desde que Cristo murió en ella, la cruz se convirtió -a pesar del sentido negativo que tenía, porque era el instrumento de tortura para ajusticiar a malhechores- en el símbolo por excelencia de su muerte salvadora.
Durante los tres primeros siglos parece que no se representó plásticamente la cruz: se preferían las figuras del Pastor, el pez, el ancla. Fue en el siglo IV cuando la cruz se convirtió, poco a poco, en el símbolo predilecto para representar a Cristo y su misterio de salvación. Las primeras representaciones pictóricas o esculturales de la cruz ofrecen a un Cristo Glorioso, con larga túnica, con corona real: está en la cruz, pero es el vencedor, el Resucitado. Sólo más tarde, con la espiritualidad de la Edad Media, se le representará en su estado de sufrimiento y dolor.
En nuestro tiempo es la cruz un símbolo repetidísimo, en formas muy variadas: la cruz que preside la celebración, la cruz procesional, las que colocamos en las habitaciones de nuestras casas, la cruz como adorno y hasta como joya, y las variadas formas de “señal de la cruz” que trazamos sobre las personas y las cosas o sobre nosotros mismos.

La elocuencia de un símbolo

No nos damos mucha cuenta, porque ya estamos acostumbrados a ver la cruz en la iglesia o en nuestras casas. Pero la cruz es una verdadera cátedra, desde la que Cristo nos predica siempre la gran lección del cristianismo.
La cruz resume toda la teología sobre Dios, sobre el misterio de la salvación en Cristo, sobre la vida cristiana. La cruz nos presenta a un Dios trascendente, pero cercano; un Dios que ha querido vencer el mal con su propio dolor; un Cristo que es Juez y Señor, pero a la vez Siervo, que ha querido llegar a la total entrega de sí mismo, como imagen plástica del amor y de la condescendencia de Dios; un Cristo que en su Pascua, muerte y resurrección ha dado al mundo la reconciliación y la Nueva Alianza entre la humanidad y Dios.
Esta cruz ilumina toda nuestra vida. Nos da esperanza. Nos enseña el camino. Nos asegura la victoria de Cristo, a través de la renuncia a sí mismo, y nos compromete a seguir el mismo estilo de vida para llegar a la nueva existencia del Resucitado. La cruz, que para los judíos era escándalo y para los griegos necedad (l Co 1,18-23), que escandalizó también a los discípulos de Jesús, se ha convertido en nuestro mejor símbolo de victoria y esperanza, en nuestro más seguro signo de salvación y de gloria.
El Viernes Santo, uno de los momentos más expresivos de la celebración de la muerte de Cristo es la adoración de la cruz. Cada uno de los fieles pasa a venerarla después de que, momentos antes, se haya presentado solemnemente a la vista y a la adoración de la comunidad. Al terminar la celebración, la cruz se deja en lugar central, iluminada, para que los fieles puedan venerarla, besarla y orar ante ella el resto del Viernes y todo el Sábado Santo.

La señal de la Cruz

Este es un gesto sencillo, pero lleno de significado. Esta señal de la cruz es una confesión de nuestra fe: Dios nos ha salvado en la cruz de Cristo. Es un signo de pertenencia, de posesión. Al hacer sobre nuestra persona esta señal es como si dijéramos: “estoy bautizado, pertenezco a Cristo, él es mi Salvador, la cruz de Cristo es el origen y la razón de ser de mi existencia cristiana“. A lo largo de la vida de un cristiano se hace repetidamente, y con sentido sacramental, la señal de la cruz.
En el Bautismo, el sacerdote (y después los padres los padrinos) hacen al bautizando la señal en la frente. Con ello se expresa la pertenencia a Cristo y las consecuencias que esto trae para el estilo cristiano de vida. A la hora de empezar la vida cristiana, la señal de la cruz es como una marca de posesión y de fe en Cristo Salvador. No es algo mágico, como una especie de amuleto protector, sino una profesión de fe en la persona de Cristo, que, en su cruz y por su cruz, nos ha conseguido la salvación y que esperamos que durante toda nuestra vida nos siga bendiciendo. Por eso, siempre que hacemos la señal de la cruz estamos de algún modo recordando el Bautismo.
En la Confirmación, el obispo traza una cruz con el santo crisma en la frente de los confirmandos. También en la Penitencia, el ministro traza la señal de la cruz sobre el penitente al decir “yo te absuelvo de tus pecados“, y el penitente hace otro tanto sobre sí mismo al recibir la absolución. La misma señal de la cruz se trazará al final, en los ritos sacramentales de la Unción y las exequias. Así nuestra vida cristiana queda enmarcada, desde principio a fin, con el signo victorioso de la cruz de Cristo.
Pero el signo de la cruz lo hacemos más repetidamente cuando nos congregamos para celebrar la Eucaristía. Además de que la cruz preside la celebración, hay varios momentos en que hacemos sobre nosotros mismos el signo: al principio de la Misa, al comenzar el Evangelio y al recibir la bendición final.
Empezar la Eucaristía, es como un recuerdo simbólico del Bautismo: vamos a celebrar en cuanto que somos bautizados y pertenecemos al Pueblo de los seguidores de Cristo. Todo lo que vamos a hacer, escuchar, cantar y ofrecer se debe a que en el Bautismo nos marcaron con la señal de nuestra pertenencia a Cristo. Además la Eucaristía apunta precisamente a la cruz: es memorial de la muerte salvadora de Cristo y quiere hacernos participar de toda la fuerza que de esa cruz emana, también para que sepamos ofrecernos a nosotros mismos en la vida de cada día.
También hacemos la señal de la cruz, esta vez en su forma de triple cruz, sobre la frente, boca y pecho, al empezar el Evangelio. Con ello queremos expresar nuestra acogida a la Palabra que se va a proclamar y hacer como una profesión de fe: la Palabra que escucharemos es la de Cristo; más aún, es el mismo Cristo, y queremos que tome posesión de nosotros, que nos bendiga totalmente, a toda nuestra persona (pensamientos, palabras, sentimientos, obras). Es como si dijéramos: “atención, en este momento nos va a hablar Cristo Jesús, nuestro Señor, al que pertenecemos desde el Bautismo: su palabra es en verdad salvadora, eficaz, y quiere penetrar hasta el fondo de nuestro ser“.
La tercera ocasión en que trazamos sobre nosotros mismos la señal de la cruz es cuando recibimos la bendición, al final de la Misa. El que preside traza expresivamente en dirección a la comunidad, en nombre de cristo Jesús, una bendición con su mano en forma de cruz, y la comunidad, a su vez, se apropia de esa bendición haciéndose cada uno sobre sí mismo la señal de la cruz.

Una vida según la cruz

De tanto ver la cruz, y de tanto hacer sobre nosotros su señal, se puede convertir en un gesto mecánico, que no nos dice nada. Y más cuando se puede convertir sencillamente en un objeto de adorno, más o menos estético y precioso, pero que no parece indicar que comporte una auténtica fe en lo que significa.
Cuando colocamos una cruz en nuestras casas, o la vemos en la iglesia, o nos hacemos la señal de la cruz al empezar el día, al salir de casa, al iniciar un viaje, o -ya dentro de la celebración- cuando nos santiguamos al empezar la Eucaristía o al recibir la bendición final, deberíamos dar a nuestro gesto su auténtico sentido. Debería ser un signo de nuestra alegría por sentirnos salvados por Cristo, por pertenecerle desde el Bautismo. Un signo de victoria y de gloria: nosotros como cristianos “nos gloriamos en la cruz de Nuestro Señor Jesús” (Ga 6,14) y nos dejamos abarcar, consagrar y bendecir por ella.
“El cristiano comienza su jornada, sus oraciones y sus acciones con la señal de la cruz, en el nombre del padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén. El bautizado consagra la jornada a la gloria de Dios e invoca la gracia del Señor que le permite actuar en el Espíritu como hijo del padre. La señal de la cruz nos fortalece en las tentaciones y en las dificultades” (Catecismo de la Iglesia Católica 2157).
Esta señal de la cruz repetida quiere ser un compromiso: porque la cruz es el símbolo mejor del estilo de vida que Cristo nos ha enseñado. La imagen o la señal de la cruz quieren indicarnos el camino “pascual”, o sea, de muerte y resurrección, que recorrió ya Cristo, y que nos invita ahora a nosotros a recorrer: “si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame” (Mt 16,24).
Es fácil cantar: “victoria, tu reinarás, oh cruz, tu nos salvarás”. Y fácil también hacer, más o menos distraídamente, la señal de la cruz en esos momentos en que estamos acostumbrados. Lo que es difícil es escuchar y asimilar todo el mensaje que nos transmite este símbolo. Un mensaje de salvación y esperanza, de muerte y resurrección. De vida cristiana entendida como servicio. Y un recordatorio -todavía- no sólo de Cristo, sino de todos los que han sufrido y siguen sufriendo en nuestro mundo: Cristo, en la cruz, es como el portavoz de todos los que lloran y sufren y mueren, a la vez que es la garantía y la proclama de victoria para todos.
Los cristianos tenemos que reconocer a la cruz todo su contenido, para que no sea un símbolo vacío. Y entonces sí, puede ser un signo que continuamente nos alimente la fe y el estilo de vida que Cristo nos enseñó. Si entendemos la cruz, y si nuestro pequeño gesto de la señal de la cruz es consciente, estaremos continuamente reorientando nuestra vida en la dirección buena.
Fuente de elaboración de este material: J. Aldazával, Gestos y Símbolos, C.P.L. Barcelona, Junio 2008, Dosier 40.
Hace años aprendí un lema: Por la Cruz, a la luz.
Como todos tenemos nuestras cruces, pensemos en este lema y no pensemos en lo que pesan cuando nos toque levantarlas. Tal vez así serán más livianas, sin olvidar que Jesús nos ayuda a llevarlas. Todos somos Cirineos, los unos de los otros.
Feliz Pascua.

Carlos Canalejas ha informado para la web parroquial.

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