Una visita en Acción Social (24/10/2013)

Hoy, querido lector, quiero contarte algo nuevo, como suele gustarme hacer:

El título de este comentario no se circunscribe a una determinada visita a enfermo o acompañamiento a cualquiera. Las sensaciones pueden repetirse muchas veces aunque siempre variarán en virtud de cómo nos situamos cada día que vamos.

Este año me incorporé a Acción Social tras 7 años. Había tenido que dejarlo tras 10 años de permanencia.

Ni yo soy el mismo, ni tampoco las visitas pero las sensaciones sí, además, en mi caso, se han enriquecido por circunstancias que he vivido pero he vuelto al grupo porque nunca perdí la vocación.

Quien ha visitado, tiene sus sensaciones y vivencias, de lo contrario, no podría compartir en las reuniones del grupo cuando se revisa el tema. Yo os voy a contar mis vivencias y sensaciones:
Cuando allá por 1996 entré por primera vez en el grupo, lo hice llevado por el amor que la Comunidad me dio debido a una situación personal muy dura. Entonces, desbordado, oré y me comprometí a repartir lo recibido.

Fueron 10 años estupendos, aprendiendo a estar, a situarse desde Dios, que nos envía a amar al prójimo en esta forma, y también aprendí a ser consciente de que estaba repartiendo tal como había recibido. Fui aprendiendo a ponerme en el lugar del que recibe la compañía de quien viene a verle. Tal vez mi vida me haya ayudado a entender esto pues la discapacidad puede aislar mucho a quien la tiene si la persona no se mueve y aún así, no se evita del todo.

En las visitas también aprendí a esperar que la persona quiera compartir, porque al principio uno viene con deseos de dar y de ver al enfermo, si lo es, mejorar en seguida. Todo esto cambia cuando ves que incluso te puedes ir peor que vienes porque no llegas siquiera a conseguir que la persona esté más alegre.

Situarse desde Dios, experimenté que no es aburrirse o dejar de centrar el pensamiento cuando estás al lado de alguien a quien visitas. Es saber que somos sus instrumentos y es ir subiendo escaloncillos. Si la persona se queda mejor, es pensar que la próxima vez estará un poco mejor que la vez anterior, tratando de trabajar para ello como sepamos y podamos y así poco a poco, procurando contrastar si nuestras percepciones son reales. Todo este trabajo mental ha de acompañarse con la inestimable ayuda de la oración.
Cuando empecé a visitar, mi discapacidad me dio la ocasión de sentir la acción social en propia carne. quien iba conmigo no me guiaba sin tenerme en cuenta, o tratándome como un mueble, no, al contrario: además de darme cariño, me informaba de quién era la persona a la que íbamos a visitar. Si era alegre o triste,lo que tenía, etc. aparte de preocuparse de cómo guiarme bien. Esto me daba la oportunidad de hacerme una idea y tratar de imaginar a quien íbamos a ver.

Cuando volvía a mi casa sentía que había entregado mi tiempo y mi justificante de visita era una gran sensación de paz. En esta situación, siempre haces más tuyas a las personas a las que visitas.

Percibí que el amor, entra por cualquier parte como calándolo todo y, supe, por experiencias vividas en un psiquiátrico, que ¡también aman las mentes rotas!. El amor también cala en ellas. No tengo palabras para describir cuando en su tiempo lo viví, lo que es recibir el abrazo de un enfermo mental. Se detiene el pensamiento, es algo entre sagrado y que da corte. En esos segundos que dura el abrazo, no se piensa nada, uno es pequeño y se desorienta por dentro. Los entrañables mayores, dejan también su huella, con sus dichos, sentimientos, vida y también con sus dolores. El grupo es una escuela de vida en la que aprendemos a ser menos nuestros y un poquito más de los hermanos.

Ahora, de vuelta al grupo, es como volver a casa, sentirte esperado y querido sabiendo que me fui no por cansancio ni por dejarlo, sino por circunstancias que me impedían poder visitar al no coincidirme las horas. Ya libre de mi trabajo, la jubilación me ha permitido estar donde quería estar.

Al reanudar las visitas, mis sensaciones son algo distintas: cierto es que me pierdo mentalmente cuando voy a ver a una persona mayor que habla más con quien me acompaña que conmigo y esto es normal porque puede no conocerme, pero también es cierto que antes y ahora, quien me guía también intenta que no me pierda. Este estado lo sustituyo por otro pensamiento en Dios, recordando lo que me dicen quienes me ayudan, que hay que entender que no es tanto lo que hagamos sino desde dónde lo hacemos y además siempre hay alguien diferente con quien hablar, una asistenta ávida de charla, el mismo guía que trata de integrarme. En fin, todo se arregla y salir de uno mismo sigue teniendo sentido.

Para terminar, contaré que hay una cosa que me ocurre y es que cuando visito a alguien que conozco, que me ha caído mal y que la vida le ha llevado a ser visitado, me envuelve un sentimiento de vergüenza y arrepentimiento y me siento mal por unos momentos. En una ocasión me pasó esto y además de los sentimientos descritos, encima me traje la perplejidad de percibir que la persona que visitaba, no era ya para nada como la conocía. En su tiempo no me llevé mal con ella pero no me caía muy bien. Tuve deseos de confesarme. Por fortuna, este episodio no duró demasiado. Me viene una moraleja inventada:

pórtate bien en la vida porque puede que tengas que ayudar a quien no has amado lo suficiente, o incluso, nada.

Los coordinadores de visitas no nos imponen a las personas. Por eso merece la pena probar. Cada uno tiene su historia. También los acompañados nos permiten saber más de la vida y hasta aumentan nuestra cultura.

Querido lector: si lees esto y eres de cerca de nuestra comunidad y quisieras probar esta opción, ¡vente con nosotros y serás más rico!.

Carlos Canalejas para la web parroquial.

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