LECTIO DIVINA – CICLO B – TIEMPO ORDINARIO DOMINGO XXIII

Lectura del profeta Isaías. 35,4-7a.

Lectio: composición gráfica utilizando los motivos principales de la vidriera de la parroquia de la Natividad de Nuestra Señora en Moratalaz, MadridDecid a los cobardes de corazón: –Sed fuertes no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial.

Salmo responsorial. 145,7.8-9.9bc-10

R./ Alaba, alma mía, al Señor

Alaba, alma mía, al Señor,
que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.
R./

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos.
R./

El Señor sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente;
tu Dios, Sión, de edad en edad.
R./

Lectura de la carta del apóstol Santiago. 2,15.

Hermanos: No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas. Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís: -Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado. Al otro, en cambio: -Estate ahí de pie, o: -Siéntate en el suelo. Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos?

Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que le aman?

Lectura del santo Evangelio según San Marcos. 7,31 37.

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. EL, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: -Effetá (esto es, «ábrete»).

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: -Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

COMPRENDER EL TEXTO:

En consonancia con las lecturas del domingo pasado, la palabra del profeta Isaías y la de Jesús convergen en anunciar la liberación frente a todas las servidumbres, en ser Buena Noticia para todos que elimina las trabas y los miedos. En Jesús se verifica la profecía del Antiguo Testamento: “Mirad a vuestro Dios, viene en persona a salvaros”. Él es la Palabra hecha carne, que se dirige a todo ser humano, sin hacer acepción de persona. Ha roto las fronteras de Israel, ha hecho presente un Dios cercano y amigo, y se encamina a todos los confines de la tierra, especialmente donde se encuentran los más desfavorecidos.

También hoy el Señor nos habla a cada uno de nosotros y viene a ofrecernos una palabra gozosa, liberadora y llena de esperanza.

Para comprender el evangelio de hoy no debemos perder de vista el del último domingo. La relación con Dios no se basa en ritos de pureza externo sino en un corazón bueno y esa novedad genera también un modo original de relacionarse con las personas. Se superan las fronteras del pueblo de Israel y eso da lugar a una comunidad de creyentes abierta y universal. Si no hay alimentos impuros tampoco hay personas impuras, y la mentalidad judía consideraba como tales a los extranjeros, de modo que quien entraba en su casa, comía en su mesa o tenía contacto físico con ellos quedaba manchado. Pero a Jesús no le importa saltarse esas normas con tal de que su salvación alcance a todos.

Por eso Jesús, después de discutir sobre costumbres y alimentos puros e impuros con los fariseos y letrados y de instruir a sus discípulos y a la gente sobre el mismo tema, extiende provocativamente el anuncio del evangelio a algunos territorios extranjeros. En Tiro y Sidón cura a la hija endemoniada de una mujer pagana y luego, en la Decápolis, realiza el milagro que hemos leído en el evangelio de hoy, donde se resalta intencionadamente el contacto personal y físico entre Jesús y el sordomudo.

La curación así descrita se asemeja a las sanaciones llevadas a cabo por otros sanadores del mundo pagano de las que tenemos constancia a través de antiguas narraciones de milagros. Las coincidencias que presenta con ella son llamativas: Jesús se lleva al enfermo a un lugar retirado, introduce los dedos en los oídos, humedece con su saliva la lengua paralizada, levanta los ojos al cielo y suspira implorando la ayuda divina y manifestando su compasión. Tras la orden: “Ábrete”, se produce la curación.

Es justamente el último versículo del relato el que nos ayuda a comprender la novedad de esa curación que podría pasar por una de tantas. Tras las palabras “Todo lo ha hecho bien”, resuena el estribillo del Génesis en el momento de la creación: “Y vio Dios que era bueno”, así como lo anunciado por el profeta Isaías sobre los signos de la cercanía del Mesías según hemos leído en la primera lectura. Jesús no es un curandero más. Todo cuanto él hace es signo de la presencia salvífica de Dios que con su poder abre los oídos para que oigan y entiendan verdaderamente lo que Jesús es y hace, y suelta las lenguas para que lo proclamen a todos.

De este modo, el sordomudo al que Jesús cura se convierte en símbolo de las gentes paganas que en otro tiempo no podían escuchar la voz de Dios ni responder con alabanza. Jesús ha inaugurado un pueblo nuevo donde nadie es marginado por su raza o cultura y todos pueden escuchar y alabar a Dios. Y es símbolo también de los discípulos que no terminan de entender a Jesús, a quien le está resultando verdaderamente difícil abrirles los ojos y los oídos para que le comprendan. También a nosotros el Señor nos ha espabilado y abierto el oído y nos ha dado una lengua de discípulos para que descubriendo su presencia amorosa la anunciemos a todos los pueblos.

El sordomudo también nos representa a nosotros, que queremos entender y crecer en nuestra fe. Como él, cerramos muchas veces los oídos a la Palabra de Dios que viene a iluminarnos y pegamos la lengua al paladar, incapaces de comunicar a otros la Buena noticia. Abramos ahora los oídos de nuestro corazón a la Palabra que hemos proclamado hoy.

Jesús realiza todos estos signos en nombre de Dios. Por eso, en actitud orante, levanta los ojos al cielo antes de sanar a este enfermo. Nosotros sólo podremos ser signos vivos de la salvación divina si cultivamos esa relación amorosa con el Padre mediante la oración y si miramos con compasión a nuestros hermanos.

Creo que eso es lo que todos los cristianos y sus comunidades estamos llamados a hacer. Desde la parroquia de la Natividad de Nuestra Señora, damos gracias a Dios porque se nos haya llamado, hace ya 50 años a ser signo de la presencia de Dios en medio de nuestro barrio, acogiendo la Palabra, sembrándola en el corazón de las familias, sosteniendo a los débiles y necesitados, animando a los tristes y compartiendo el Don de la Eucaristía que nos llena siempre de confianza y esperanza. Que así sea.

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