ALABAR Y CONTEMPLAR

Hoy empezamos nuestra Semana Santa; nueva, distinta, pero con algo en común a las anteriores y a todos los días de nuestro confinamiento: No estamos solos, Dios sigue a nuestro lado, sosteniéndonos. Él pasó por todo esto antes que nosotros. En su pasión cogió nuestros sufrimientos, miedos, dolores, pérdidas y pecados y los ofreció por todos.
Y en medio de esto, sigue habiendo luz, la que da el amor, la entrega y el servicio de cada ser humano que se da a los demás. Hoy el Papa Francisco nos decía que “la vida no sirve si no se sirve” y así lo estamos viéndolo en tantos hermanos entregando su vida. 

Esta Semana Santa se nos pide darnos, en casa, en el hospital, en el trabajo…donde estemos, porque solo así, podremos acompañarle en su pasión y salir a su encuentro, también en la resurrección. 

Os dejamos la homilía de Felipe. 

DOMINGO DE RAMOS: 5.04.2020

“Quo vadis Pedro” ¿A dónde vas Pedro?

Es la pregunta que Jesús, cargado con la cruz, dirige a Pedro cuando éste intenta escapar de la persecución de Nerón a los cristianos de Roma. Pedro al ver al Señor, le pregunta: “Quo vadis Domine” ¿A dónde vas Señor?, a lo que Cristo le contesta: «Voy hacia Roma para ser crucificado de nuevo». Pedro, avergonzado de su actitud, vuelve a Roma a continuar su ministerio. 

¿Y tú, a dónde vas esta semana santa?, te pregunta Jesús. Este año y debido a las circunstancias especiales del confinamiento no podemos vivir unos días de vacaciones, de descanso, de playa o de montaña, de familia o amigos. Abre el corazón y déjate conducir a donde él te lleve, pero pídele que te conduzca a estar junto al Señor, a poder morir con él.

El Domingo de Ramos tiene un sabor agridulce. Conmemoramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y recordamos la historia dolorosa de su pasión y muerte, una historia en la que resuena la vida del justo sufriente, como se plasma en los “Cantos del siervo” de Isaías y en el salmo 21, que tanta semejanza presentan con el relato de la pasión de Jesús. La Carta a los Filipenses nos ayuda a contemplar este drama de fracaso y sufrimiento humano desde sus motivaciones más profundas, como fruto de la obediencia a la voluntad del Padre, que por eso mismo exaltó a su Hijo y no lo abandonó al poder de la muerte.

Leyendo la pasión de Cristo nos puede parecer que fracasó y sí, en verdad fracasó… pero sólo según los criterios de ese mundo.

Sabemos lo manipulables que son las masas. La misma gente que aclamó al Señor al entrar en Jerusalén, pedirán su crucifixión, azuzada por las autoridades. Por eso debemos preguntarnos por la calidad de nuestro seguimiento. Entusiasmarse con Jesús es fácil –su figura no deja indiferente- pero ir detrás de él pase lo que pase y mantener la fidelidad, cuesta más.

Se nos invita a entrar en el misterio del amor más grande. A celebrar las fiestas de nuestra Redención.  Vamos a fijar nuestros ojos en Jesús, nuestro Pastor, que está herido: en las manos, en la cabeza, en los pies, en el costado y también en el alma.  Sus heridas parecen hacerle perder su belleza y dignidad.

Nosotros somos los amigos del Pastor. ¿Cómo entrar a contemplarle?

Podríamos recordar y contar sus cuidados con nosotros, sus desvelos, sus riesgos. Podríamos reconocer su amor.

Podríamos reconocer que también nosotros menospreciamos su amistad, y le clavamos espinas. Que lo seguimos haciendo, especialmente en los pequeños y los pobres.

Podríamos acoger su perdón y dejar que su sufrimiento nos cambie el corazón.

Podríamos besar sus heridas, con agradecimiento y amor.

Podríamos aceptar que él pierde su vida para dárnosla, y entrar en ese mismo camino: el de un amor limpio, entregado, servicial.

Podríamos dejarnos alcanzar por su amor: dejar que nos ponga sobre sus hombros y nos lleve por sus caminos.

Podríamos pedir el gran don de morir a nosotros mismos para aprender a amar y tener vida.

Podríamos salir con él al encuentro de los pobres, los enfermos, los débiles, los olvidados, y cargar así con una parte de su cruz.

Podríamos acompañarle hoy, como amigos, en su camino de pasión, para reconocer finalmente que es él quien nos acompaña y nos sirve en la vida y en la muerte. Lo que nos hace cristianos es seguir a Jesús. Nada más, seguir sus pasos, comprometernos como él a “humanizar la vida” y construir su Reino. Quizá sea eso lo que durante este confinamiento nos está “salvando”, que caminamos con Cristo, que nos hemos puesto a su paso, que le estamos sabiendo identificar en todo lo que nos está pasando y en la esperanza que él nos trae.

Nuestra oración de hoy debe moverse entre la alabanza y la contemplación silenciosa. Jesús “viene en nombre del Padre”, pero no para imponerse a la fuerza, sino para entregar su vida como signo del amor más grande. Pongamos su cruz en nuestro corazón y escribamos en ella “¡HOSANNA!”. No huyamos, volvamos con Cristo a esta Roma de la pandemia para morir con él y poder resucitar con él.

Os dejamos con esta canción de Martín Valverde (Versión de Verónica Sanfilippo / Jonatan Narváez)

Te alabo en Verdad

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