Amados hasta el extremo

«Y sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe. Luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido». Así nos cuenta San Juan que ocurrió aquella tarde de Jueves Santo.

Y así podríamos contar que también ocurrió ayer, en la celebración del Jueves Santo de 2018. Doce personas, representando a toda la comunidad de la Natividad, hemos podido sentir que Jesús mismo, sirviéndose de las manos de Felipe, Carmen Teresa y Carlos, nos lavaban los pies a cada uno y también a cada uno de los miembros de la comunidad que estaban allí y los que vivían este día en otros lugares. Con una mirada de infinita ternura acariciaron y besaron nuestros pies. Una mirada que venía desde abajo y desde cerca, y abrazaba lo más frágil y roto de nuestra vida. Era la mirada de Jesús que se entrega por mí, por ti y por cada uno de los hombres y las mujeres del mundo, haciéndonos sus amigos en esta revolución del amor. Hubiera sido todo más fácil de entender si hubiera lavado las manos o cualquier otra zona del cuerpo que no estuviera en contacto directo con el barro y el polvo… pero no, eligió lavar los pies, nada hay por debajo de ellos,  sólo desde ahí puede mirarnos hasta lo más profundo y amarnos hasta el extremo. Es la revolución de la toalla, de la mirada, de la caricia… la de un amor que impulsa, desde dentro, sólo a seguir amando.  Y al terminar de lavarnos los pies, llamándonos por nuestro nombre, fuimos recibiendo el mensaje «Haz tú lo mismo». Y en ese momento, tantos rostros y lugares en nuestro corazón a los que ir, mirar y acariciar. Dejarse hoy lavar los pies, y desde ahí poner las manos en el corazón de nuestro mundo y ser pan para todos. Doce hogazas de pan fueron bendecidas al final de la celebración, para que las compartiéramos con los que estaban en la celebración y empezáramos por ser pan para los más cercanos, habiendo reservado previamente un trozo de cada hogaza para llevarlo a los enfermos de nuestra comunidad que no habían podido participar. Pan que al compartirlo nada más salir de la Eucaristía es pan blando y esponjoso, y que si guardamos y no damos (no nos damos) se vuelve duro.

Y Jesús quiso aún más, para que pudiéramos actualizar esta revolución del amor y hacernos parte de ella en nuestra en la vida, instituye la Eucaristía y se queda con nosotros en el Pan y el Vino. Desde entonces la Eucaristía es el gran tesoro de la Iglesia, de cada comunidad, que nos vincula e impulsa a una vida de amor servicial.

Jesús, tras aquella cena, sólo pudo seguir amando. El gesto de lavar los pies sólo era el anticipo de lo que vendría después. Tras la celebración de la Eucaristía y acercar el pan a los enfermos, seguimos acompañando a Jesús en la oración de Getsemaní, adentrándonos un poco más en este misterio de Amor y al mismo tiempo acercándonos a su miedo por todo lo que estaba por acontecer, ese miedo que nos acerca a su humanidad y que, como sus discípulos, no siempre podemos ni sabemos  acompañar.

Ésta es una de las canciones que nos acompañaron ayer. Desde aquí, nos disponemos a acompañar también hoy a Jesús, contemplando en silencio el mayor signo de amor, la cruz. Día para mirar a Jesús en la cruz y a los crucificados de nuestro mundo.

(Amando hasta el extremo-Maite López)

1 respuesta a Amados hasta el extremo

  1. Feliz día del amor fraterno!!! Que buen compartir, para empezar a hacer cierto ese darse a los demás.
    Gracias comunidad por hacer vivo el lavatorio, gracias a esas doce personas que con su testimonio nos acercan a Jesús. Gracias.

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