AMENAZADOS DE RESURRECCIÓN

Después de este tiempo de pandemia, ha sido emocionante celebrar juntos el paso del Señor por nuestra vida estos días. Una pascua en la que hemos tenido que “ayunar” de algunos signos muy significativos, como el lavatorio de pies. Ayer pudimos encender el fuego de Pascua y dejar en él aquello que necesitamos que muera, llenar el templo de la luz de nuestras velas desde la luz del cirio pascual y escuchar el anuncio de la Resurrección con el pregón pascual.

La liturgia nos hace un recorrido por la liberación del pueblo de Israel y renueva esa alianza de Dios con su pueblo y con cada uno de nosotros. El Dios del Amor ha permanecido con nosotros en este año tan duro. Y desde ahí, pudimos escuchar el Evangelio más importante de los cristianos: la Resurrección de Cristo, que hace definitiva esa alianza.

Tres mujeres: María Magdalena, María la de Salomé y María la de Santiago. Intrépidas, valientes, con miedo van a decirle adiós a Jesús y a cumplir con la tradición de su pueblo de embalsamar el cuerpo del amigo y maestro muerto. Preocupadas por el peso de la piedra del sepulcro, no se quedan paradas, van allí y lo que encuentran es un sepulcro vacío y el mensaje que cambiará su corazón: NO TENGÁIS MIEDO, SOY YO. Después de este año que hemos vivido en el que el sufrimiento, la muerte, la soledad, la incertidumbre y el dolor han sido tan pesados como esa piedra a la entrada del sepulcro, ¡cómo resuenan hoy esas palabras!

¡No está aquí! ¡Ha resucitado! No entendían mucho. ¿Dónde habéis puesto a mi Señor? decía María Magadalena, con su mirada aún invadida por el dolor. No lo busquéis entre los muertos, os espera en Galilea, en el mundo, entre los hombres y las mujeres. ¡Qué transformación la que debieron de sentir en su corazón para pasar del miedo y la búsqueda del Señor entre los vivos! El resto de testigos no las creyeron, pero ellas sabían que era cierto lo que habían visto y oído.

En tiempos de Jesús, algunos judíos daban gracias por tres cosas: por nacer hombres y no mujeres, por no haber nacido paganos y no ser esclavos. Y Jesús elige precisamente eso que los corazones de piedra de los hombres rechazan. Elige a las mujeres como las primeras testigos que descubren el misterio de su vida y Resurrección, envía a sus discípulos a Galilea, lugar de paganos donde él tomó conciencia de su misión y les lava los pies antes de morir, como si fuera un esclavo.

En tiempos de pandemia hemos podido sentir que estamos condenados a muerte. El virus nos ha mostrado esto de una forma más nítida, aunque la muerte no es patrimonio sólo de esta enfermedad. Pero no nos confundamos, no estamos amenazados de cruz, estamos siempre AMENAZADOS DE RESURRECCIÓN, si como aquellas mujeres, salimos decididos a buscarlo en la vida: encontraremos la tumba vacía y la llamada a anunciar su resurrección en nuestro mundo, tan necesitado de esperanza y amor. Amenazados de Resurrección, de Vida, de Esperanza y de Amor. Cada uno de nosotros y nuestro mundo. Es una experiencia sencilla, que transforma el corazón desde lo pequeño y va dejando la calma y la paz de saber que él está con nosotros todos los días de nuestra vida, que el dolor y el miedo de “los sepulcros” de nuestras vida y sus piedras pesadas podrán quedar vacíos porque el Padre ya ha resucitado al Hijo, con él, a cada uno de nosotros.

Hoy domingo, escucharemos esta secuencia que nos une a toda la Iglesia universal que celebra que Cristo ha resucitado:

Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta.
«¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso, la tumba abandonada,
los ángeles testigos, sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea, allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos la gloria de la Pascua.»
Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia
que estás resucitado; la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate de la miseria humana
y da a tus fieles parte en tu victoria santa.

¡QUERIDA COMUNIDAD DE LA NATIVIDAD: FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN! Que en este tiempo de Pascua seamos alegría en el amor y testigos de algo grande que sacia el corazón y se comparte, como cantamos en Gaudium, de Jesús Cabello.

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