EL FUEGO NUEVO DE LA PASCUA

La celebración de la Vigilia Pascual comienza en la noche, en torno al fuego. Fue una “noche santa” aquella en la que Jesucristo pasó de la muerte a la vida. Es una “noche santa” ésta en la que, al celebrarlo, vivimos también nuestra pascua unidos a Él.

Nos reunimos en torno al fuego, como la familia en torno al fuego del hogar, como los peregrinos en torno al fuego de campamento. Nos reunimos la noche, que puede ser serena, pero también oscura; que nos evoca los momentos de tinieblas interiores, de miedos y angustias, de pérdidas y desorientaciones…, pero también la inmensidad del universo, nuestra pequeñez al levantar la mirada a las estrellas, la esperanza y el sobrecogimiento de un misterio que nos envuelve…. “La noche es tiempo de salvación”.

Y contemplamos el fuego. Por él alababa Francisco de Asís a Dios:

Por el hermano fuego, que alumbra al irse el sol,
y es fuerte, hermoso, alegre: ¡loado mi Señor!

El fuego alumbra la noche, ilumina y disipa las sombras. Si es fuerte, el viento lo aviva hasta llegar a incendiar los montes. Es hermoso, arde, chispea, baila, asciende… Alegra, encandila e impresiona. No se le puede tocar sin quemarse. Calienta, consume, purifica.

El fuego es símbolo del amor. Y símbolo del misterio de Dios, del Amor divino. Un corazón que arde es un corazón apasionado. Un Dios que se manifiesta en la zarza ardiente es un Amor eterno. El fuego, que alumbra, que es fuerte, hermoso y alegre, nos lleva al misterio de Dios, porque Dios es así. Contemplar un “fuego vivo”, que arde y danza, un “fuego nuevo”, porque la llama siempre es nueva, evoca el misterio de un Dios vivo y eterno, que hace nuevas todas las cosas: “El mundo viejo ha pasado…. Mira que hago un mundo nuevo” (Ap 21, 3-4).

De una gran hoguera podemos tomar una pequeña luz con una simple ramita. Del fuego grande, inmenso y fuerte, del amor de Dios, podemos encender nuestro pequeño corazón con sólo dejarnos alcanzar por una chispa. La Iglesia pide, al bendecir este fuego nuevo de la Pascua, que Dios encienda nuestro corazón tales deseos que lleguemos a alcanzar la luz eterna: el fuego del deseo de Dios, que purifica todo deseo; el fuego del amor de Dios, que purifica y santifica todo amor…; el deseo de Vida verdadera, el deseo de los bienes eternos (el amor, el bien, la verdad, la belleza) …, el deseo de Él….

“Oh Dios, que por medio de tu Hijo has dado a tus fieles el fuego de tu luz,

santifica este fuego,

y concédenos que la celebración de estas fiestas pascuales

encienda en nosotros deseos tan santos

que podamos llegar con corazón limpio a las fiestas de la eterna luz”.

El amor que Dios nos tiene ha sido comparado con el fuego (como su Espíritu), pero un fuego que se hace íntimo, que hiere y cura, como cantaba San Juan de la Cruz:

¡Oh llama de amor viva

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!

Esto es lo que nos desea la Iglesia en la Pascua: que nos dejemos alcanzar por esta llama de amor capaz de hacer el universo nuevo.

Os dejamos este canto de Taizé, “Cristo Jesús, oh fuego que abrasa”. Que al escucharlo y orar con él, podamos ir sintiendo que su fuego abrasa nuestro corazón y que sólo nos habla su Amor.

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