EL TIEMPO DEL ESPÍRITU

Hoy celebramos Pentecostés, el nacimiento de la Iglesia. Nosotros hemos vivido una experiencia muy similar a los discípulos: hemos estado encerrados, no por miedo a los judíos, sino por este virus que ha trastocado nuestros proyectos, planes y seguridades. El gran regalo y don del Espíritu es que en este tiempo, también nos ha acompañado. 

Celebramos que El Señor Jesús, que derramó su Espíritu sobre nosotros el día de nuestro bautismo, sigue renovando ese don para que podamos continuar la misión que él mismo recibió del Padre.

Os dejamos las palabras de Felipe en su homilía de hoy.

Necesitamos la ayuda del Espíritu.

Termina la cincuentena pascual y empezamos la Pascua del Espíritu Santo. La Pascua de Resurrección es vida, la de Pentecostés es amor. Vida y amor van siempre unidos, casi se identifican. Celebramos el Espíritu de Dios derramado en el corazón de la Iglesia. Es el aliento vivificante de Dios, es la fuerza de Dios, es la riqueza y el amor de Dios, que llena y transforma a todos los discípulos de Cristo. En el centro del cristianismo está una persona: Jesucristo, y el sentido de nuestras vidas como cristianos pasa por poner los ojos en él y saber de su vida, para seguirle, dejar que sus palabras formen parte de nuestros pensamientos y que nuestros deseos y proyectos vayan pareciéndose a los suyos.

Pero en este itinerario personal y comunitario, necesitamos la ayuda del Espíritu, el mismo Espíritu que recibieron los apóstoles de la Iglesia naciente y que hoy Jesús Resucitado sigue derramando sobre nosotros para que podamos conocerle, para que anime nuestro camino creyente y renueve nuestro compromiso cristiano. Es el mismo Espíritu que movió a Jesús, que le condujo en el desierto y que lo resucitó. Como nos dice la lectura de Corintios “nadie puede decir: ¨ ¡Jesús es Señor! ¨, si no es movido por el Espíritu Santo”.

Es el momento de acabar con todos los miedos y temores para vivir eternamente desde la confianza. En medio de este mundo, siempre tentado por un poder, una riqueza, miedosos y encerrados en su deseo de seguridad, la Iglesia está llamada a abrir todas sus puertas y ventanas para que el Espíritu que ha recibido, se haga extensivo para todo el mundo y toda la creación. Ella no puede ser frontera cerrada para la libertad. Hoy, ha de abrirse al impulso del Espíritu que le dice que ha de ser “Iglesia en misión, en salida, compasiva, generosa, de perdón y sanación, de fuerza para los débiles y denuncia para las injusticias”.

Pentecostés hoy.

La lectura de Hechos de los Apóstoles sitúa la venida del Espíritu Santo cincuenta días después de haber celebrado la última cena y el Evangelio de Juan lo sitúa inmediatamente después de la Resurrección de Jesús. Pentecostés ocurre en cualquier momento o lugar, en este momento también. Pentecostés desea manifestarse hoy en todos los que hemos sido bautizados en el Espíritu de libertad, que ha vencido todos los miedos y los temores que hieren el corazón de lo humano. La Eucaristía, la liturgia de hoy, quieren prolongar el único Pentecostés del Resucitado. Por eso, una vez más, nos dará a comer su propio Espíritu: para que no desfallezcamos en la misión y para que nuestra fuerza sea, aún mayor, que toda nuestra cobardía, que nos encierra en nuestros intereses egoístas y nos hace vivir de espaldas a las necesidades de nuestros hermanos.

Movidos por el Espíritu, estamos llamados a ser una Iglesia plural que enriquezca la vida humana y las relaciones intraeclesiales. Una iglesia abierta, capaz de superar los miedos para no estar a la defensiva y poder dialogar con el mundo y la sociedad de nuestro tiempo. Una iglesia acogedora, no sólo de aquellos que comulgan con nosotros, sino también de aquellos otros que no piensan, ni hablan, ni actúan como nosotros queremos. Solo así podemos ser la iglesia de los discípulos de Jesús que se deja llevar por el Espíritu. Evangelizar, estar en misión, es vivir una Iglesia al servicio de la sociedad y del mundo.

La presencia del Espíritu es como una tormenta espiritual que descarga sobre el Cenáculo. Hay mucho ruido, energía, fuego… Los discípulos quedan encendidos hasta el punto de hablar con lenguas de fuego. Pierden los miedos, abren las puertas y empiezan a hablar de manera extraña. Y lo maravilloso es que todos lo entienden. Un signo del Espíritu es la unidad de los pueblos y de los corazones, esa unidad que se había roto en Babel por el orgullo y el egoísmo de los hombres. Dónde está el Espíritu, hay unidad, pero no uniformidad. El Espíritu es riqueza inagotable, creatividad fecunda, abundancia de dones y carismas. Pero todos bien conjuntados y armonizados, todos para edificar la comunidad y la Iglesia porque todos brotan de la misma fuente y son don del mismo Dios.

El mismo espíritu se manifiesta también de formas muy distintas y así cada uno, según nuestras necesidades y circunstancias, podremos sentir su presencia de una forma u otra. Si en Hechos de los Apóstoles es ese viento impetuoso, esas llamaradas de fuego, en Juan es intimidad, aliento vivificante de Cristo, semejante al soplo de Dios Creador que se nos describe en el libro del Génesis, cuando el hombre creado de la tierra, inerte, recibe la vida con un soplo divino. Cada uno necesitamos una forma determinada de presencia del Espíritu.  Es la respiración del alma de la Iglesia. Sin Espíritu, no hay vida. 

Que el Espíritu nos impulse a hacer nuevo este mundo y nos transforme en personas nuevas.

Os dejamos la secuencia del Espíritu, Ven Espíritu cantada por Tierra de Bendición.

Ven Espíritu cantada por Tierra de Bendición

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