Año 2012

A LA MEMORIA DE ALICIA, LA DAMA DE LA TORRE.

Su hogar…

composición gráfica sobre CUBA, logotipo del proyecto CUBA y faro del Malecón en La Habana

El edificio también tenía una amarga historia como ella, con épocas de juventud y esplendor, luego, olvidado y maltratado. Lo construyeron en los años cuarenta, era uno de los mas altos y más ingeniosos de la época, parecía como si quisiera abrazar los aires que llegaban del mar con sus dos alas curvas y en el medio la torre con su restauran-mirador desde donde se veía casi toda la ciudad. Era caro por lo que sus moradores tenían holgadas vidas, luego éstos se marcharon y llegaron otros extranjeros que lo fueron maltratando por falta de cariño, llegó el momento en que también lo abandonaron y lo dejaron solo a merced de saqueadores que parecían piratas. Le fueron arrancando todo, lo dejaron sin puertas ni ventanas. Durante una década a nadie parecía importarle, con la prisa de sus vidas, aquel gigante casi desnudo en medio de la ciudad, nadie miraba hacia arriba, buscando en lo más bajo para poder sobrevivir y no tropezar con las destruidas aceras. Por las noches envuelto en la oscuridad con sus balcones apagados, tampoco se hacía notar. Cuando la ciudad empezó a recobrar su luz, él siguió apagado, estaba casi vacío. Poco a poco se dieron cuenta algunos curiosos y decidieron rescatarlo de la muerte, pero antes él estremeció a la ciudad ¡su viejo ascensor se había desplomado desde lo alto! Amarga forma de hacerse notar… lo restauraron, pero había perdido lo más importante, el alma.

Ella y sus hermanas fueron las cuartas en comprar un apartamento, eran jóvenes y habían trabajado mucho desde que quedaron huérfanas de padre, ella con nueve años. Su papá tenía un pequeño camión de mudanza y vivía en el centro de la ciudad en aquella época, llena de comercio y grandes almacenes; cuando su papá murió en un accidente quedaron solas con la mamá, eran un matrimonio que llegó de España recién casados y allí formaron un hogar, era la más pequeña de cuatro hijas, empezó a trabajar con once años en una tabaquería, tenía que esconderse en un closet cuando venían los inspectores. Cuando el dueño mecanizó el trabajo y empezaron a hacer cigarros, ella fue una de las primeras en manejar las máquinas, era muy joven y ganaba bien. Entre todas lograron comprar el apartamento en aquel moderno barrio donde la ciudad iba creciendo pegada al mar. En aquellos tiempos ellas trabajaban día y noche… por las noches confeccionaban trajes de novia para una gran tienda que con aire de modernidad vino a llamarse “Fin de Siglo” en el que el desarrollo cifraba sus esperanzas de triunfo… pero solo a unos años de andar por la segunda mitad de siglo, todo cambió con aquel nuevo año; aquella navidad cambió el rumbo de todo, para muchos era el despertar de un sueño, para otros era empezar a soñar. Todo cambiaba al ritmo de una palabra nueva: Revolución. Ella pasó a ser dependienta de la tienda donde antes vendió vestidos, la fábrica cerró y pasaron a una sola donde sólo se hacía una marca de cigarro: “Populares”. Ya todos fumaban el mismo cigarro, se había acabado la diferencia, el “diferente” acabó por irse del país para recuperar sus sueños en otro lugar, también su novio, dueño de unos almacenes en la calle Muralla, su padre, español, decidió regresar a España; donde murieron casi juntos de nostalgia. Quiso llevársela, pero ella no quiso dejar a sus hermanas, de las cuales una sola se casó y tuvo dos hijos que también emigraron cuando crecieron y su hermana ya viuda vino a vivir con ella.

Todas fueron muriendo en aquella casa, entre los trajines de una marcha contra corriente y un culto al pasado que tanto esfuerzo les costó labrar. Habían guardado todas sus cosas en aquel santuario, y al final se guardó a sí misma, tenía fotos, revistas, carteras, hasta estuches de creyón labial, junto a cosas de valor, allí estaban las figuras de porcelana, las vajillas inglesas, las lámparas, las vitrinas llenas de copas, el moderno juego de living y la mesa de formica, los escaparates llenos de sábanas bordadas esperando por las bodas soñadas, las camas de tamaño imperial con sus colchones “confort”… el televisor Rcavietor sin vida… Todo tenía la marca de una época y la huella de los años transcurridos, pero ella los seguía viendo nuevos en su memoria, con la última imagen antes de perder la vista. El sentido de orientación no la ayudó a acostumbrarse a su incapacidad, quedando así, varada como un barco, donde empezaba a soplar un viento que le decía al oído que en cualquier momento todo estaría vacío.