NO OS DEJO DESAMPARADOS

Hoy, sexto domingo de Pascua, también celebramos la Pascua del enfermo con el lema “Venid a mí los que estéis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. En estos momentos, la enfermedad se hace más grave con la soledad de tantas personas en hospitales, casas y en la calle, y el Señor nos dice que no estamos solos, que nuestro corazón debe llenarse de esperanza y espera en él. 

Todos tenemos los mismos temores y dificultades, pero estamos unidos en Cristo y llamados a ser también compañía de los enfermos y los que sienten soledad en la medida en la que podamos.

Os dejamos la homilía de Felipe y también su grabación: 

Vivir sin Espíritu: Cristo resucitado no nos abandona porque sabe que el mayor vacío es vivir sin espíritu. Él nos invita a la confianza y a la fe para sentirnos habitados, acompañados y queridos. En un mundo desesperanzado y lleno de malas noticias y acontecimientos negativos, somos invitados a confiar en el Padre y vivir acogiendo la buena noticia de la salvación, siendo portadores de esperanza y llevándola a los hermanos que más lo necesitan.

El Señor está con nosotros: Y nosotros estamos con él. En su nombre nos reunimos cuando celebramos la Eucaristía, esos encuentros que ahora tanto añoramos en esta situación de no poder vernos, saludarnos, abrazarnos… En el evangelio, Juan nos recuerda el discurso de despedida del Señor en la cena del Jueves Santo, la víspera de su pasión y muerte. En esas palabras Jesús interpreta su muerte como PASCUA, como retorno a la casa del Padre. Y los consuela. La muerte no le separará, porque resucitará y volverá a verlos. Tampoco, volver a la casa del padre implica alejamiento, separación. Se va, pero volverá, y mientras tanto permanece con nosotros su Espíritu. No estamos sólo, el Espíritu de Jesús sigue con nosotros. El agrupa a la Iglesia. No vivimos de recuerdos, sino de la promesa, por eso somos un pueblo en marcha, que camina y tiene claro su origen y su meta. Tenemos que llevar adelante el mandamiento del Señor. En la Eucaristía hacemos memoria del mandamiento de Jesús y tratamos de cumplirlo hasta su vuelta.

Está en nosotros: La primera lectura nos recuerda la misión de Felipe en Samaría. Sus desvelos se ven confirmados por Pedro y Juan, que imponen sus manos sobre los bautizados para significar que han recibido el Espíritu. También nosotros hemos sido confirmados. El Señor está presente en su Iglesia, está en cada uno de nosotros por el Espíritu, de modo que somos templo del Espíritu Santo, sacramento de Jesús, morada de Dios. Esa experiencia divina tiene que impulsarnos a comunicar, irradiar, contagiar a nuestro alrededor. No podemos vivir como si tal cosa, no podemos ocultar el tesoro que hemos recibido. Tenemos que dejar traslucir en nuestra vida el Espíritu de Dios, tenemos que saber dar razón de nuestra esperanza.

Ya hemos recibido el espíritu: En el bautismo, la confirmación, aunque lo actualizamos en cada pascua, en cada pentecostés, por eso somos llamados y enviados por el Señor, a guardar su mandamiento, a anunciarlo como dice la primera lectura con signos de la presencia del Reino, con humildad, con sencillez, porque así es como daremos razón de nuestra fe. En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles con la imposición de manos, podemos ver uno de los primeros ritos del sacramento de la Confirmación, unido a la oración.

Jesús establece por medio del Espíritu una alianza, una profunda comunión entre él, el padre y nosotros, Somos incorporados a la trinidad: “Al que me ama, lo amará mi padre, y vendremos a él y haremos morada en él”.

Jesús, en la Palabra, en la Eucaristía como alimento universal, sencillo y cotidiano; y en los pobres, los pequeños, los desvalidos, que son lugar preferencial donde él quiere quedarse. Debemos unir todo ellos para que el mundo crea y se llene de alegría.

Y está en los otros: Todos los bautizados hemos recibido el mismo Espíritu, el de Jesús. Debemos reconocerlo, respetarlo y estimarlo en los otros tratando de establecer entre todos relaciones fraternas. Debemos glorificar a Cristo en nuestro corazón sabiendo dar razón de nuestra alegría y nuestra esperanza. Es también compromiso de toda la iglesia. Jesús reconoce que el mundo no puede recibir el Espíritu, porque no ve ni lo conoce. Y nos responsabiliza a nosotros, que sí lo hemos recibido y los sentimos en nosotros, para que ayudemos a los otros para ver y reconocer. Eso es saber dar razón de nuestra esperanza.

Si me amáis, guardareis mis mandamientos: ¿Cuáles son esos mandamientos que hemos de cumplir para demostrar nuestro amor por Jesús? Son los mandamientos que desde el Antiguo Testamento la Biblia nos revela, Jesús viene a insistir en ellos y los resume en dos: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo” Podemos preguntarnos qué es amar, cuando esa palabra está tan desgastada y carente de valor en nuestra sociedad porque a cualquier cosa se le llama amor. El amor al que Cristo se refiere va mucho más allá de un mero deseo de bondad o belleza. Amar para Jesús es querer y buscar el bien del otro y estar dispuesto a todo para lograrlo. Cuando nuestra meta es hacer el bien, estamos amando, y cuando vivimos amando, estamos amando al Señor porque con nuestra vida le estamos glorificando. Y como somos conscientes de lo difícil que es vivir así, contamos con la ayuda del Espíritu Santo que nos lo revela todo.

Hoy también nos encomendamos a María, madre de la esperanza, para que abra nuestro corazón a la acción del espíritu. Os dejamos la canción “María, mírame” en versión del coro de La Natividad. 

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