OFRECIENDO AGUA VIVA

Hoy, tercer domingo de cuaresma, todo es diferente a cualquier otro domingo, a cualquier otra cuaresma. Echamos de menos asistir a las celebraciones en el templo, recibir la Eucaristía, cantar juntos, darnos la paz y saludarnos antes y después de la misa. También habremos tenido la oportunidad de sentirnos iglesia universal, escuchando la celebración retransmitida en TVE2 presidida por el Cardenal Carlos Osoro o cualquiera de los canales disponibles.

Y en nuestra parroquia, Terence, Cele y Felipe han celebrado la Eucaristía teniendo presente a toda la comunidad.  Nos unimos a ellos con las palabras que Felipe nos ha dirigido en la homilía de esa celebración. 

«Hoy, siguiendo las instrucciones de nuestro arzobispo y las del gobierno en esa situación de alarma nacional, hemos celebrado los curas solos a puerta cerrada en la capilla, es la primera vez en mis 34 años de sacerdote que celebro la Eucaristía sin comunidad

Ha sido una sensación extraña, con sentimientos contradictorios, por una parte, se hacía patente el vacío físico, la ausencia de la comunidad, de rostros, de historias y de vidas compartidas desde hace tantos años, pero también, la certeza absoluta de la presencia del Señor y de su Espíritu uniendo lo que en apariencia está disgregado.

Quizá hoy algunos se pregunten cómo hizo el pueblo de Israel en su travesía del desierto: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?, y es que nos parecemos mucho al pueblo judío, también de nosotros pueden surgir las quejas y los lamentos, la búsqueda y la necesidad no declarada de encontrar el auténtico sentido a nuestra existencia. La respuesta nos la da el salmista: ¡Ojalá escuchéis hoy su voz: ¡No endurezcáis vuestro corazón! Sí, muchas veces nuestro corazón se vuelve duro e insensible, apegado a tantas cosas materiales, a tantos maridos (ídolos) a los que rendimos nuestras vidas, como le ocurría a la Samaritana, pero que no satisfacen, que no llena nuestro vacío y nuestra necesidad de plenitud.

Claro que el Señor nos habla, siempre lo hace, ahora por medio de esta situación excepcional, preocupante, peligrosa, pero que podemos convertir en oportunidad. Se nos regala un tiempo precioso de gracia, de silencio, de soledad, de desierto… para oír y descubrir esa presencia siempre viva y cercana, ese amor que necesitamos para mantener la esperanza. San Pablo nos ha dicho hoy que la esperanza no defrauda y que la prueba de ello es que Cristo murió por nosotros, muere por mí, se acerca a mí y se presenta sediento de mi agua. ¿Qué agua me pide el Señor, que agua le puedo dar yo? No tiene sed de mis cualidades, de mi saber, de mi entrega o servicio… no, él quiere que le entregue mi fragilidad, mi pequeñez, mi pecado, mi soberbia, mi orgullo … todo eso de lo que lleno mi vida y que me impide llenarme de su agua viva, y que me impide ser agua viva para los demás. 

Que preciosa catequesis nos regala el Señor, con qué humildad se acerca a la Samaritana, mujer, pagana, llena de ídolos e infiel al verdadero Dios. Como Jesús la abre los ojos y el corazón para que, con dulzura y cariño, vaya haciendo camino (cuaresmal) y pueda ir descubriendo la verdadera identidad de aquel que la pide agua, que se sitúa a su altura, que no la juzga, sino que solo busca su bien. La samaritana, de considerar a Jesús como un judío, es decir, un enemigo, pasa a reconocerle como profeta y después como Mesías en un verdadero itinerario de fe. Otra mujer elegida por Dios para evangelizar a su pueblo, para adorarle en espíritu y en verdad. Otra lección para vivir estos días en los que no podemos acudir a la iglesia y a los templos. Hacer de nuestras casas, de los lugares donde estemos iglesias domésticas, templos para el encuentro con el Señor, y adorarle en espíritu y en verdad con nuestro servicio, disponibilidad y amor, ofreciendo el agua viva que hemos recibido de él a todo aquel que lo necesite especialmente en estos días.»

Felipe

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