SANA LOS CORAZONES DESTROZADOS

Hoy, como en el mundo entero, la liturgia nos lleva a la invitación a la esperanza en medio del dolor y la enfermedad, la esperanza que encuentra su refugio y su liberación en Jesucristo.

El sufrimiento de la humanidad puede presentarse de forma personal o comunitaria y hay muchas formas como el hambre, las guerras, las injusticias, las enfermedades, las pandemias y los sufrimientos espirituales como el pecado. Ante él, los humanos nos hemos preguntado siempre ¿por qué el sufrimiento? y a lo largo de la historia se ha dudado de la existencia de Dios a causa del sufrimiento, planteándose si Dios puede suprimirlo y no quiere o directamente no puede.

La pregunta real es ¿cómo vivimos el sufrimiento? Es algo intrínseco a nuestra humanidad aunque ¡el dolor puede no tener la última palabra! Cristo cambia el sentido de la enfermedad, del dolor humano. No es un castigo como se pensaba en tiempos de Jesús, sino que él mismo los sufre en la cruz y abre un camino de comunicación directo entre Dios y nuestra humanidad. Un Dios que no deja de estar pendiente de nosotros.

Las lecturas de hoy nos pueden dar también alguna respuesta. En la primera lectura, Job sufre la pérdida de todo lo que tiene y su existencia se hace insoportable, pero sigue adelante con la ayuda del Señor. La vida no es un camino de rosas, hay espinas que hacen que nuestra esperanza se tambalee, como le ocurre a Job, pero mantiene la fe y por eso llega a decir: “ahora te he visto con mis propios ojos”, porque supera todo gracias a su fe en Dios. Ojalá nosotros, durante nuestras enfermedades, dificultades y soledades, lo podamos descubrir cercano y presente y entonces, decir también, que lo han visto nuestros ojos, fortaleciendo nuestra fe, nuestra esperanza y agrandando nuestro amor. 

Jesús demuestra una ternura desmedida por los que sufren y especialmente por los enfermos. Va a su encuentro, los toma de la mano con cercanía e infundiendo ánimo y los levanta para que se pongan de pie, con dignidad.  Nos da la capacidad de levantarnos para estar de pie delante de Dios y de los hombres y ponernos a servir, como hizo la suegra de Simón. Ésta es la única manera de dar gracias a Dios por su compañía y consuelo: servir a los demás. Acercarnos a los que sufren, darse a los demás para que vivan la alegría. 
El salmo nos da respuestas también al sufrimiento: El Señor sana los corazones destrozados, venda sus heridas. Ante el sufrimiento estamos llamados a tener esperanza y paciencia, sentir que Dios está a nuestro lado, que Jesucristo ha sufrido lo mismo: sin jueves santo no hay Pascua.

Pidamos a Dios que nos enseñe primero a reconocer nuestros sufrimientos. ¿De qué necesito que Jesús me cure? Enfermedades físicas, espirituales…Y también que nos enseñe a servir a los demás, a los que sufren. Es importante que esto lo hagamos en comunión con Jesús, en oración. Jesús sabía unir la misión y la oración. Ojalá que nosotros también podamos hacerlo sin olvidarnos de orar. 

Os dejamos una oración que han hecho nuestros niños de catequesis de segundo de infancia que han preparado hoy la celebración:
Jesús, queremos cuidar a la gente, como tú.
Todo esto es lo que podemos compartir y dar:
Alegría a los tristes,
Pan a los hambrientos,
Ropa a los desnudos,
Tiempo a los que están solos,
Ayuda en mi casa,
Defender a los más débiles.
Amén.

Os dejamos también la canción Con Amor Eterno que nos ha acompañado hoy en la celebración

Con Amor Eterno, de Ain Karem

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