¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!

Ayer fue el día de la octava de Pascua y domingo de la Misericordia, esa que Dios regala a todos sus hijos sin distinción, estemos en la situación que estemos y seamos conscientes de ello o no.

Después de lo vivido en esta Semana Santa, resumido en este vídeo …

… vemos que Jesús entró donde estaban los discípulos con las puertas cerradas por miedo, pero para él, el miedo no es barrera y si queremos, hoy también entrará en nuestra casa para abrir todo lo que está cerrado.

Os dejamos la homilía de Felipe:

¡Paz a vosotros!

Tres veces en el pasaje de este domingo pronuncia el Señor este mensaje, tres veces que en realidad quiere decir siempre, no sólo en su Resurrección, sino en cada encuentro que él ha tenido con nosotros. Es lo primero, no temas, porque él conoce nuestras vidas y sabe de los miedos, inquietudes, preocupaciones de esta humanidad doliente, para eso vino, para eso sigue estando en medio de nosotros. Cuanta paz necesitamos, la paz que es don, que es regalo de nuestro Dios que nos ama y que se hace visible y tangible de forma especial en el Resucitado que porta y muestra los signos de la cruz.  Paz en medio de todo esto que nos está tocando vivir. Que fácil es perder la paz, la fe, la confianza, en todo, incluso en el Señor. Estos días del confinamiento, hablando con muchas personas, es eso lo que compartimos, queremos tener confianza, tener fe, oramos y hacemos la comunión espiritual, pero también nos deprimimos, sentimos la losa del confinamiento, de la enfermedad, de la pérdida de tantos hermanos nuestros. Esas son precisamente las señales del Crucificado-Resucitado, las heridas de sus manos y pies, de su costado, que hoy siguen abiertas.

Se llenaron de alegría al ver al Señor

¿Es posible la alegría, la auténtica alegría en esta situación que vivimos hoy, que vive la humanidad? Claro que sí, porque no es una alegría que dependa de nosotros, viene de nuestro Dios que ha vencido a la muerte y al pecado, una alegría que no excluye las dificultades y limitaciones, que nos ayuda a superar los miedos, a quitar losas y abrir puertas, a salir a la intemperie para anunciar a Cristo nuestra Pascua, nuestra esperanza, nuestro sentido de vivir, de amar y de servir. De un Dios que cura y sana nuestros corazones rotos, nuestras heridas abiertas. Él rompe los confinamientos, las prohibiciones, él se acerca, nos toca y permite que le toquemos que palpemos sus heridas, las heridas de nuestros hermanos. 

¿Dónde estabas Tomás?

Cuántas veces decimos que el Señor se hace presente en su Palabra, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, en los pobres y necesitados… Y en la comunidad. ¿Dónde estaba Tomás?, ¿Dónde estoy yo cuando no estoy en y con la comunidad? Que importante es la comunidad, a pesar de sus limitaciones, errores y fracasos. Jesús siempre quiso vivir y compartir su experiencia de Dios en comunidad, una comunidad de amigos, de hermanos, de fragilidad, limitación, traición, pobreza… pero también de amor, de acogida, de aceptación. Esta es una de las claves de la Resurrección, la comunidad, pero hay que poner al Señor en el medio, solo cuando Jesús ocupa el centro de la comunidad, podemos experimentar y convertirnos en fuente de Vida, de Alegría, de Paz, de Perdón, de Misericordia, de Esperanza, de envío misionero, de compromiso solidario, como nos recuerda la primera lectura: “Los creyentes vivían unidos y tenían todo en común”. Ese comenzó siendo nuestro deseo al comenzar este curso, que Jesús Resucitado-Crucificado, fuera el animador de nuestras vidas, que en torno a él y con él siempre en el centro, transmitiéramos su mensaje y celebráramos su presencia. Todos somos Tomás y le debemos pedir al Señor que aumente nuestra fe, no necesitar ver para creer, sino creer para poder ver y palpar su presencia hoy, ahora, siempre, porque él siempre está con nosotros, “todos los días hasta el fin del mundo”.

Domingo de la Divina Misericordia

Pero también este domingo es el de la Misericordia, lo destacan las lecturas y el salmo, porque el Señor al exhalar su aliento sobre los discípulos, sobre la comunidad, sobre nosotros, nos envía para ser signo y presencia de su amor misericordioso, que perdona a Judas, a Tomás, a Pedro… a cada uno de nosotros y quiere hacernos portadores de ese perdón que tanto necesitamos y sin el cual es difícil sentir el amor y la alegría. Cuánto perdón y misericordia necesitamos poner en nuestras relaciones, en nuestras vidas, en nuestras comunidades. Cuánta crítica destructiva, cuantas sospechas y falta de caridad acechan nuestras relaciones si no ponemos al Señor en el centro. Él en el centro, y todos nosotros alrededor, para servir y amar, para ofrecer y compartir, para ser testigos creíbles y proclamar como Tomás: ¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!

Hoy le pedimos al Señor más fe, esperanza y misericordia. En nuestra debilidad sabemos que nos acompaña y si podemos dejarle entrar, será él nuestra fortaleza. Os dejamos la canción “En mi debilidad” cantada por los más pequeños de nuestra comunidad. 

En mi debilidad (coro Nati niños)

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