SOMOS TESTIGOS VIVOS DEL EVANGELIO

Hoy nos han recibido con una monición para pensar. Estamos en el segundo domingo del tiempo ordinario y seguimos rememorando el Bautismo de Jesús por Juan el Bautista. Es curioso porque en el Evangelio hemos escuchado con sorpresa dos veces que Juan Bautista dice de Jesús: “yo no lo conocía”. Y es que, aunque Juan conocía a Jesús como primo suyo, fue en el Bautismo cuando, gracias al Padre, lo conoció en toda profundidad: además de ser su primo y el hijo de José y María, era el Hijo Amado de Dios Padre. ¡Menuda sorpresa!

Y nosotros, ¿conocemos de verdad a Jesús?, ¿lo conocemos en profundidad?.

Tenemos suerte de contar con tantas oportunidades que nos regala la Iglesia para intentar conocerlo o al menos, acercarnos a él. La principal es la Eucaristía, por la que damos gracias a Dios todos los días.

En las lecturas, se nos habla también de la misión de Jesús y la de Juan el Bautista, y eso nos lleva a preguntarnos por nuestra misión. Todo hombre tiene una misión y una vocación.

Jesús recibe la misión de ser luz de las naciones para que la salvación de Dios llegue hasta los confines de la tierra. Es el encargado de cargar con los pecados del mundo y establece nuestra relación con Dios haciendo que nos reconozca de nuevo como hijos suyos.

Juan el Bautista aparece dando testimonio de Jesús. Es consciente de cuál es su misión y la asume.

Y cada uno de nosotros hoy podemos preguntarnos: ¿cuál es nuestra misión?. Hacen falta testigos vivos del Evangelio. Hoy el Evangelio nos resume muy bien la experiencia de Fe a la que estamos llamados: “yo lo he visto y he dado testimonio” dice Juan. Como él, queremos vivir nuestra fe como una experiencia viva y de la que damos testimonio con nuestra vida. Hoy, más que nunca, necesitamos ser testigos de Cristo, contagiar el amor que ha transformado nuestras vidas. Es fundamental formar comunidades cristianas acogedoras donde sea posible vivir experiencias profundas de oración, de la palabra de Dios, que estén cerca de los pobres, que vivan de verdad la Eucaristía y que puedan decir de nosotros: ¡eh, ahí un cristiano al que se nota que Cristo está en su vida porque irradia su amor, alegría, su paz y su bondad!.

Jesús es el que quita el pecado del mundo. No habla del pecado de cada uno, sino del mundo, el mal que va más allá de cada uno de nosotros, que es el resultado del egoísmo humano y ausencia de fraternidad.

Que Jesús sea quien quita el pecado del mundo quiere decir que nunca hay nada definitivamente perdido, que todo puede ser salvado, que tiene sentido nuestro esfuerzo por recuperarnos, por responsabilizarnos por cada acción del mal que daña a inocentes. Este es el regalo de Jesús, su misión y que al marcharse, también nos deja esperando que también sea la nuestra.

Así también lo hemos pedido en nuestra Oración de los Fieles.

Que el espíritu de Jesús sea nuestra verdadera luz y sea la luz que compartamos para que puedan caminar los que nos puedan necesitar. Así seremos testigos del Evangelio en el mundo. Y para profundizar cada uno en su misión, os dejamos la canción que hemos cantado en la comunión, “En ti” de Ain Karem; que cada día de esta semana lo vivamos desde el deseo que hemos expresado al cantar “Haznos como tú, Señor Jesús”.

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