¡VEN ESPÍRITU!

Hace dos días celebramos la fiesta de Pentecostés, 50 días después de la Resurrección. Y aunque hayan pasado esos 50 días y lo hayamos vivido muchas veces … qué difícil es analizar ciertas cosas desde la mentalidad científica y pragmática.

Cuantas dudas, cuantas preguntas sin respuesta, cuantas inquietudes alrededor de la Resurrección y el Señor no para de mandarnos señales que no somos capaces de reconocer. Cincuenta días en los que el Resucitado ha salido a nuestro encuentro, como salió al de los discípulos.  Y ahora, regresamos a nuestro tiempo ordinario.

Nuestra limitada y estrecha mente se resiste a asimilar lo que tenemos delante de nuestras narices: “Dios resucitó a Jesús al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado; a nosotros que hemos comido y bebido con él después de la resurrección.” (Hechos 10, 40).

¿Qué es lo que no está claro en este texto?

En los Evangelios están las respuestas a todas nuestras preguntas.

Pero sólo desde los ojos de la fe y no desde nuestra racionalidad se ven ciertas cosas; nadie se extraña que no seamos capaces de ver la velocidad de la luz y todos dudamos de la resurrección de Jesús porque no somos capaces de verla.

“Tocadme, soy yo en persona”, “dadme de comer” les dice a los de Emaús, porque no le reconocían teniéndolo delante (¿te suena?).

También Pedro repite incesantemente: Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra, al igual que San Pablo les dice a los corintios: “Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto” (1 Cor 15, 3-6).

Y si cabe alegría mayor, nos dejó una tarea importante: que no nos cansemos de AMAR, una tarea ardua, dura pero muy gratificante. AMAR, amar a todos y a todo y así nuestra vida será plena no sólo después sino empezando por “ahora”.  Amar no sólo desde la ternura del lavatorio de pies ni desde la entrega incondicional de la cruz, sobre todo, desde la esperanza y la fuerza de Jesús Resucitado.

Y terminamos los 50 días del tiempo de Pascua, con la fiesta de Pentecostés: la venida del Espíritu, una nueva presencia de Dios para siempre. El soplo que nos hace descubrir al Resucitado el resto del año.  El que nos hace vivir encendidos en la esperanza de la Resurrección todos los días. El que nos hace descubrir que el Señor nos hace participes de su Vida Nueva y que nos envía a traducirlo en signos concretos de amor en nuestra cotidianidad.

Damos gracias a Dios que nos ha concedido la fe, no por méritos propios, sino completamente regalada para que seamos capaces de mirar al mundo con otros ojos. ¡Ven Espíritu a nosotros todos los días y haz que la llama de la fe se mantenga  viva!

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