VIERNES SANTO 2019- ANTE LA CRUZ

En la celebración del Viernes Santo lo que más sobrecoge al entrar al templo es el altar desnudo. Sin mantel, sin flores, solo la mesa que ayer acogió el gran regalo de la Eucaristía. Hoy no habrá Eucaristía, pero a lo largo de la Celebración hemos podido caminar hacia la cruz junto con Cristo y acompañarle orando en su y nuestro dolor.

La entrada a la iglesia de los sacerdotes y el ministro laical que les acompaña se ha hecho en silencio, en oración, y han realizado una postración completa en el suelo como señal de pequeñez y entrega total a Dios. Los demás nos arrodillamos y en este silencio del templo lleno se ha podido oír tanto amor y entrega que sobrecogía.

En el Evangelio se ha leído la Pasión completa, escuchando cuánto tuvo que pasar Jesús, cuánto tuvo que esperar y perdonar durante su camino a la cruz y cuántos personajes pasaron indiferentes, ofensivos, violentos e injustos, pero también piadosos, arrepentidos, dolientes y amorosos que le acompañaron. Ahí estábamos todos y cada uno de nosotros con nuestras virtudes y nuestras faltas, pero a su lado y Cristo perdonando y acogiéndonos a todos.

Y un nuevo regalo de Dios, una madre para la Iglesia: “Hijo, ahí tienes a tu madre”, María, llorando sin comprender pero acogiendo, ¡qué misterio!

Cuando Cristo entrega su espíritu al Padre, nos hemos arrodillamos en silencio y en espera de que Dios recoja nuestras pequeñeces para hacer de ellas una nueva Iglesia gracias a la entrega total de su Hijo. En ese momento, alterno las palabras “perdón y gracias, mi Dios”.

Una parte importante ha sido la adoración a la Cruz. Después de incorporarla al altar cantando “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”, hemos podido pasar a besarla y a arrodillarnos ante lo que nos sentimos tan pequeños pero muy amados. La fila era interminable y mientras, hemos cantado “No me mueve mi Dios para quererte”, una canción sobre el Soneto a Cristo Crucificado, que es difícil cantar sin sentir un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos.

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Después, ha llegado el momento de acoger la Reserva Eucarística y de vestir el altar con un mantel sencillo. Hoy también han sido interminables las personas que hemos pasado a comulgar, esperando pacientes a que todo un Dios nos diga “aquí estoy para ti y por ti”, después de esa entrega total que ha realizado.

Tras la Comunión, hemos escuchado este precioso poema que os dejamos:

En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

 

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?

 

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?

 

Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mí todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña.

 

Y sólo pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,

ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta.

 

Amén,

(Himno litúrgico de vísperas. Autora. Gabriela Mistral)

 

La despedida también se ha hecho en silencio, en espera de la promesa de Cristo de su Resurrección que sabemos nos regalará, con la seguridad de que nos sigue acompañando y la esperanza de que iluminará nuestros dolores y dará plenitud a nuestra vida. Nos despedimos con esta música de fondo en nuestro corazón:  “No tengas miedo, no estás solo”.

Y para darnos seguridad … “In manus tuas”

 

Por la noche nos reunimos en torno a la frase: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” y con Taizé en el ambiente.

Vimos el testimonio del sacerdote jesuita holandés Frans Van der Lugt, asesinado en Siria y como signo leímos unas frases del Papa Francisco, a los que asociábamos “una bala”, signo de la violencia y el odio del mundo, del que nosotros somos partícipes; y tomamos también un “corazón (herido)”, deseando tener un corazón como el de Jesús.

Y los ofrecimos a la Cruz

Aquí el texto completo de la Oración

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